10 de Abril/2009. La Cultura del Éxito.

¡Bienvenidos!

La Cultura del Éxito.

    A partir de la década de los 90 la literatura empresarial de occidente (especialmente la estadounidense y en gran medida la nipona) proclamó en universidades, foros públicos y privados, panfletos, publicaciones, libros y en general en toda tribuna disponible que había llegado el momento del éxito. Con el fin de la guerra fría y el sistema liberal económico ortodoxo implantado en los Estados Unidos por Ronald Reagan y en el Reino Unido por Margaret Thatcher la oportunidad se antojaba inmejorable: el Estado había renunciado a conducir los vaivenes de la economía dejándole las manos libres a los empresarios del mundo, pero, muy en especial a los especuladores financieros. Si el capitalismo ortodoxo (neoliberalismo) había ganado la guerra contra el socialismo de la Unión Soviética ¡era obvio que el sistema funcionaba! ¡Por Dios si hasta China funcionaba con un comunismo pragmático basado en la libertad de mercado! Pues claro que había llegado el momento de perder la cabeza y con ello llevarse al desbarrancadero las teorías, que a esas alturas se antojaban ñoñas, del Estado de Bienestar.

    Del neoliberalismo se ha dicho que su principal punto débil consiste en la vacuidad de ideas. Se cree que es un comportamiento salvaje que lucra con la ganancia hasta obtener utilidades rayanas en lo mórbido, que no hay ideas detrás de todo esto, se ha dicho que solo hay instinto: la tendencia del hombre a nunca conformarse con la ganancia pase lo que pase. Pues bueno, eso nos han hecho creer; sin embargo, la realidad es muy distinta: el sustento teórico del neoliberalismo, al menos el de los últimos veinte años, se construyó en la llamada filosofía empresarial, en el “management”.

    El management no es otra cosa que la filosofía de bajísimo nivel, y no lo digo como burla ¡en verdad es una filosofía de deplorable nivel! , que pregona que todo resultado en esencia es mejorable, que el límite es el cielo, es más, no hay límites. Si una empresa ganó diez dólares este año ¿por qué no habría de ganar veinte el año entrante y luego cuarenta y después ochenta? ¿Por qué el empresario, el empresario respetable, habría de decir algo como: <<creo que es suficiente, hasta aquí>>? No lo diría porque entonces sería un perdedor, un mediocre, un hereje que se rebela ante la nueva religión rebelada, la cultura del éxito. El pentateuco de esta religión es el siguiente:

a) Reducción de costos. El hecho de que el límite sea el cielo no significa que los gastos también deban estar por las nubes ¿cómo se aumenta la utilidad sin gastar más? ¡Yo sé, yo sé! Recortando gastos que no generan “valor capitalizable” como por ejemplo: sueldos,  prestaciones (adiós servicio médico, plan dental, guarderías, seguridad social) y condicionando a los proveedores para que se ajusten a una tabla de costos para que ellos a su vez se vean obligados a reducir sus precios del mismo modo: metiendo tijera a los sueldos y prestaciones.

b) Haciendo hincapié en la “ejecución”. La ejecución es la etapa del proceso administrativo en donde se hacen las cosas y está estrechamente relacionada con las actividades del personal. El personal también debe ser exitoso, si antes, en, digamos ocho horas, lograban vender diez productos pues como somos una empresa cuyo “capital humano” es excelente los resultados también lo serán por lo mismo ahora exigimos que vendan doce y luego catorce y luego dieciséis y así indefinidamente aunque esas ocho horas se conviertan en catorce ¡y nada de reclamos! El personal de confianza (esclavitud moderna, digámoslo con todas  sus letras) debe apoyar ¿qué importancia puede tener el hecho de que solo vivan para trabajar si ahora por fin han alcanzado la excelencia, y, lo mejor, con el mismo ingreso o incluso con sueldos y bonos inferiores?

c) Empresas delgadas con utilidades obesas. La mejor manera de evitar que los empleados se organicen y descubran cuán sospechosa es la cultura del éxito es subcontratándolos, el outsourcing es la solución: que una empresa fantasma contrate a toda la platilla operativa (supervisores, vendedores, demostradores, obreros) de tal modo que si surge alguna inconformidad de inmediato se les despida sin mayor trámite ¡finalmente no eran mis empleados directos! Y al mismo tiempo me aseguraré de contratar, a estos sí, a los mandos medios y a las altas gerencias para que ellos se vean obligados a presionar al personal operativo en el logro ascendente de las metas; como los empleados de nivel medio y alto no estarán dispuestos a perder un contrato con la matriz lo harán ¡y todos contentos!

d) A delegar que el mundo se acaba. Siempre será necesario lanzar nuevos productos, innovar en la oferta diría algún economista de esos que nos caen tan bien. Bueno, el que se busque ganar más a través de nuevas entradas no significa que el personal deba percibir mayores ingresos, para ello le asignaré nuevas responsabilidades que serán la forma en la que yo le diga: “Confío en ti, por eso te cargo más la mano”. Esto se llama empowerment.

e) Modificación de valores. Los valores individuales (el deseo de un hombre, por ejemplo, de que su familia esté bien alimentada, bien vestida, que tenga un nivel de vida digno) deberá ser congruente con los valores de la empresa: la empresa se conforma por la suma de todos sus miembros por lo mismo si uno de ellos porta un contravalor (como por ejemplo querer trabajar solo ocho horas para llegar a su casa a jugar con su hijo pequeño) implica que no comparte la visión de  éxito y por lo mismo debe salir.

      Todos los libros que se lean sobre cultura empresarial editados en las últimas dos décadas pueden resumirse en uno de estos cinco incisos. Hagan la prueba y verán.

    Esta filosofía light, y que por ser ligera al parecer ha caído tan bien, es el sustento ideológico de las empresas de hoy. No se salva nadie: sector servicios, sector financiero, sector manufacturero, el sector agrícola, es más, hasta la burocracia estatal empieza a trabajar siguiendo estos patrones.

     ¿Hay solución? Claro, pero de ello platicaremos en otro artículo.  

     Ustedes ¿qué opinan?

Ger JM

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2 comentarios »

  1. Fabiola Carolina Cortés Bravo said

    Es verdad como humanidad dormida estamos sin darnos cuenta que la vida transcurre y la dejamos ir sin valorar momentos como el ir a correr bien mencionado por ti, solo nos queda desear poder despertar de la monotonia y regresar a vivir, trabajar y continuar viviendo y no solo quedarnos en el trabajar para medio dormir.

    Saludos

    • Ger JM said

      ¡Hola!
      Alguna vez al escritor francés Albert Camus le preguntaban sobre qué puede hacer el hombre y la mujer para desafiar la terrible monotonía de la existencia y él contestó que rebelarse, pero no en un sentido “revolucionario”, sino rebelarse usando todo nuestro talento, toda nuestra imaginación.
      Si nuestro trabajo nos agobia debemos preguntarnos ¿por qué? Ahí es en donde inicia la revolución, con una pregunta sencilla y de la respuesta que cada uno de nosotros dé depende si rompemos o no con ese hartazgo.
      A propósito de Camus recomiendo “La peste”; muy a propósito de lo que pasa en nuestro México en estos días.
      ¡Saludos Caro!

      Ger JM

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