Archive for julio, 2009

¡Bienvenidos! Sobre las memorias como literatura anecdótica.

Termino de leer el segundo tomo de las memorias de Gore Vidal titulado “Navegación a la vista”. El libro me gustó, lo cual no es muy usual, el género en realidad me parece de lo más aburrido cuando el autor se dedica a escribir sobre lo mucho que recuerda y, claro, su lectura tiene un efecto aún más sedante cuando descubrimos lo mucho que se le olvida contar. Pero Vidal escribe sus memorias a manera de un compendio de artículos deliciosamente perversos, Vidal tan “bitchy” como siempre nos cuenta intimidades y anécdotas de los demócratas y los republicanos, de Tennessee Williams y de Monroe, del asesinato de Kennedy y de otras cosillas que logran dibujar en mi rostro la sonrisa maldita que, estoy seguro, Vidal a veces ni espera lograr. Así es esto de la maledicencia, los hombres más inteligentes, si son malos, son también los más interesantes.

     Cuando la persona es mala en verdad que vale la pena enterarnos sobre lo que ocurrió en su vida, leyéndole quizá podamos ser, también, un poco más malos. En estos días todos están tan enfocados en hablar sobre la bondad que terminan por no creer en nada de cuánto dicen pero leyendo a un maldito uno se da cuenta que el bien hace mucho dejó de ser interesante. Y es que; en general, la vida de los escritores y de casi todos los artistas es tan tremendamente tediosa que la idea de que escriban un poco acerca de cómo ha sido ese camino monótono me causa desagrado; además de que, en realidad, no es necesario conocer la vida del escritor para conocer su obra solo que en estos días de entrevistas y fotografías en la contraportada de los libros hemos llegado a pensar que conociendo un poco más del artista sabremos por esa razón un poco más de su trabajo ¡Vaya ridiculez!

     Pero algunos creadores llevan vidas a la par de artísticas que sus trabajos. A ellos vale la pena leerles. El género memorilístico es el género de la anécdota y, cuando la vida del autor coincide con un período histórico turbulento, es también el género del testimonio.

I

Memorias de sangre y semen.

     Algunas obras están escritas tan bien que se antojan narrativa de ficción, como ejemplo tenemos gran parte de la obra de Fernando Vallejo. El primero de sus libros que llegó a mí fue “La Virgen de los Sicarios”, de hecho, fui a buscarlo a librerías Gandhi después de ver la película hace ya no sé cuántos años. La historia que ahí se narra de la ciudad de Medellín como páramo infernal, de los asesinatos entre sicarios adolescentes, del joven Alexis y el igual de joven y bello Wilmar y al final de Vallejo abandonando la  ciudad que alguna vez fue un lugar digno de su infancia te deja con una erección en los pantalones que no sabes si es por el semen que derraman sus páginas o por la sangre que mana igualmente. Luego vinieron “El desbarrancadero”, una historia del hermano de Vallejo, Darío, y de su lucha contra el SIDA; “La rambla paralela”, que puede resumirse como la despedida anticipada de Vallejo de este puñetero mundo y otros títulos como “Mi hermano el alcalde” y todas las obras que integran el compendio “El río del tiempo”. En realidad no los leí en estricto orden de publicación pero la conclusión es la misma: la vida de Vallejo es la vida de un hombre maldito que padece de su genialidad en un mundo saturado de gonorreas.

II

Testimonios de guerra.

     El testimonio histórico, quiero decir, el documental histórico puede mezclarse perfectamente con la narración del fluir de una vida. Como resultado tenemos la historia a flor de piel: desgastante, con su filo agudo desgarrándonos las venas, exigiendo el tributo de sangre a que todo buen libro tiene derecho.

     “El juramento” del médico Khassan Baiev nos deja oler el aroma de la tierra de Chechenia, con sus muertos de extremidades amputadas y los ejércitos de la madre Rusia pisoteando la humanidad de los sobrevivientes. “Cisnes salvajes” de Jung Chang, la historia de tres generaciones de mujeres y su lucha contra la China, primero nacionalista y corrupta, y después roja y policiaca. Las memorias de Simone de Beauvoir y su trayecto… ¿existencialista? Delatándonos, disfrazándolo de novela (“Los mandarines”), los pormenores de la comunidad intelectual durante la ocupación nazi en Francia.

III

Alucinógenos.

     También tenemos las memorias extrañas. Vidas difíciles de creer; me viene a la mente “La Rueda de la Vida” de la tanatóloga Elizabeth Kübler Ross y sus historias de médiums o Carlos Castaneda  y su testimonio de peyote y chamanes.

    Pero el hecho de que un vulgar crítico, como el que esto escribe, se vea obligado a permanecer escéptico aunque la Virgen le esté hablando no significa que no sean libros que al cerrarse dejen de provocar comentarios al estilo ¡puta madre, me muero de la envidia!

IV

Mezclar es bueno, y no se trata de Smirnoff.

     En literatura todo se mezcla, es difícil que un género permanezca puro, de hecho es difícil encontrar puritanos entre los escritores, bueno, al menos en cuestiones literarias. Así pues hay memorias que se hacen pasar por epístolas como “La carta desde la cárcel de Reading” de Óscar Wilde o por artículos como los compendios literarios de Gabriel Zaid o los ensayos sobre crítica de arte reunidos en “El Arte y los Monstruos” del pintor Fernando Leal; las entrevistas como las hechas por Enrique Krauze a Octavio Paz o las crónicas de Monsiváis dentro de  un par de décadas serán un legado memorialístico difícil de igualar. 

V

¿Alguien recordará este ensayito cuando escriba sus memorias?

Ger JM

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¡Bienvenidos! De la conveniencia de las drogas

Veo un documental de VH1, habla sobre los iconos masculinos en el mundo de la música. En algún momento entrevistan a una mujer que no conozco pero que, dada la tendencia de las entrevistas, se trata de una cantante. Compara a un músico que tampoco identifico con Jim Morrison hablando bien del primero y denostando a Morrison por el solo hecho de haber sido drogadicto. Me resulta gracioso pensar que en la determinación de la valía del trabajo de alguien pueda influir el hecho de que consuma, o no, drogas. No veo la relación.

      De hecho, yo me guardo mis sospechas de los artistas (escritores, actores, músicos, fotógrafos…) y científicos que no son alcohólicos, drogadictos o maniacos sexuales. Sencillamente no veo cómo una persona inteligente podría soportar la tragedia de la vida sin alcoholizarse por lo menos de vez en cuando, sin entrar en contacto con los paraísos psicotrópicos por lo menos una vez en su vida o sin coger al más puritano estilo. Mi desconfianza crece cuando me presentan a un gran intelectual o a una gran persona y ésta no habla sino de virtudes ¿para qué hablar sobre la virtud si el vicio, al menos como materia de entretenimiento, suelta de un mejor modo la lengua de cualquiera?

     Pero ambas posturas constituyen los extremos. Lo de verdad relevante es la obra, lo demás, como diría don Carlos Fuentes, es tan solo anécdota. La obra terminada es lo que cuenta ¡qué puede importarnos la tendencia de Picasso al aislamiento social si su “Minotauromaquia” es un delirio de genial mezcla de crueldad y esperanza! ¡A quién carajos le importa si Vargas Llosa alguna vez fue candidato presidencial de la derecha en el Perú si de su pluma nació “Conversación en la Catedral”! ¡Qué relevancia puede tener que Morrison fuera un navegante permanente de realidades inhalables si su voz te lleva a un orgasmo igual de intenso en tres patadas! Así pues que muera la biografía dando paso a la obra.

     Sobre este tema Wilde ha sido el que mejor ha escrito, su compendio de ensayos “Intenciones” aborda del mejor modo posible la separación entre lo que es el artista y lo que es su obra. Y dado que ya andamos en esto de las drogas no estaría mal releer a Carlos Castaneda, nomás por puro entretenimiento.

Ger JM

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¡Bienvenidos! El efecto cubículo

Me gusta mi nuevo trabajo, todo es muy distinto respecto de lo que hacía en el banco. Se trata de una agencia de cobranza de alta mora y yo entré como uno de los gerentes del área comercial. Pero no quiero hablar sobre mis actividades en la agencia, en cambio, quiero platicar sobre lo que identifico como “el efecto cubículo”.

    Esta empresa es muy pequeña; todas sus instalaciones se reducen a un solo piso de un corporativo de oficinas en Polanco. Somos a lo mucho 60 empleados divididos en unos diez departamentos, sí, a mí también me pareció de lo más pintoresco ¡cada departamento está integrado por cinco o seis personas! Es, lo que se dice, una microempresa o al menos a mí me lo parece dado que trabajé durante años en una transnacional que emplea (y explota) a cientos de miles de personas. En mi área mantenemos una comunicación muy estrecha, sería ridículo que no fuera así cuando somos tan pocos, pero con mucho trabajo le hablamos a los vecinos del departamento adjunto ¡y eso que solo nos separan tres metros!

     Como mi trabajo consiste en localizar a diversos deudores e inversionistas en provincia viajo mucho pero, como casi todas las organizaciones, aquí también hay que hacer mucho, muchísimo, trabajo de escritorio. El trabajo de escritorio, el papeleo, lo realizo en un cubículo diminuto, es tan pequeño que si lanzo mi asiento hacia atrás con fuerza choco contra otro de los gerentes quien a su vez golpearía a otro iniciando un efecto dominó. Puede sonar incómodo, y sí, lo es, pero es trabajo y en consecuencia difícilmente la comodidad importa.

     De esta incomodidad deriva lo que yo llamo el efecto cubículo. El efecto cubículo es el triunfo del sedentarismo sobre el afán exploratorio del hombre, sus características son:

a)      Toda comunicación entre departamentos debe hacerse en primer lugar vía correo electrónico y, solo en caso de verdadera urgencia, vía telefónica (no importa que el destinatario del correo, o la llamada, se encuentre a un cubículo de distancia).

b)      Solo conoces por su nombre a las personas que conforman el departamento en el que trabajas y a las que se sientan a un costado tuyo; el resto del personal es como los ovnis: sabes que pasan frente a ti de vez en cuando, sabes que los has visto, pero no estás seguro de su existencia.

c)      Cuando alguien comenta sobre un accidente que le ocurrió a Fulano de tal área te parece que están describiendo los últimos acontecimientos en los Balcanes; es tan lejano que no te involucras emocionalmente.    

d)      Y a pesar de estar separados todo el mundo se entera sobre lo que le pasa a todo el mundo dentro de la empresa; que si Mengano anda con Sutana y que si Perengano es maricón de clóset y que si Fulano quiere correr a todo su personal; los chismes corren y todos conocen la personalidad de todos aún cuando nunca hayan cruzado una palabra entre sí.

e)      Las alianzas y la formación de grupos de choque también es cosa común; se forman tantas células revolucionarias como cubículos conforman las instalaciones.

f)       Y aunque hay tan pocos empleados también aparece de vez en cuando un paracaidista: nadie sabe qué hace ni cómo justifica su sueldo, pero ahí está, siempre presente, siempre involucrándose con todos los grupos; es como la maleza de cualquier jardín: por más que la podas siempre vuelve a aparecer.

El efecto cubículo, una partícula más de la sociología del trabajo de estos tiempos truculentos.

 

Ger JM

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