Archive for junio, 2010

Sobre Paredes Pintadas.

     Habitualmente cuando acudimos a un museo lo hacemos impulsados porque de por medio hay una exposición que destaca por su originalidad, la misma que es eventual y obliga por ello mismo a visitarla antes de que llegue el momento de su conclusión; sin embargo, olvidamos que los museos, especialmente los que podemos encontrar en México, albergan bastas colecciones que exhiben de forma permanente y que, muchas veces, son tan importantes que incluso dieron origen al museo que las hospeda. Uno de estos recintos es el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

    El Antiguo Colegio de San Ildefonso es un recito cultural administrado de manera conjunta por la UNAM, el Gobierno del Distrito Federal y el CONACULTA; fundada en el siglo XVI como recinto de los jesuitas hoy es un importante foro que se caracteriza por organizar continuamente exhibiciones fotográficas, de arte plástico, de arte alternativo y muestras de producción artística individual que siempre se caracterizan por contar con el trabajo de curadores profesionales e innovadores que obligan a decir, como mínimo <<Estos cuates saben armarla y bien>>. Pero este mismo edificio, que alguna vez fungiera como la Escuela Nacional Preparatoria, es también sede permanente del trabajo muralístico de grandes pintores y precisamente de esto quiero platicarles.

    Primero les quiero contar un chisme, algo atrasado, lo admito, en especial si se considera que la carnita del chisme se hizo presente durante los años 20’s del siglo pasado. En aquel entonces don José Vasconcelos era titular fundador de la Secretaría de Educación Pública, el maestro Vasconcelos era un intelectual inquieto y que buscaba de todos sus colaboradores lo mejor, precisamente por ello mantenía una relación muy cercana con las diferentes escuelas e instituciones que integraban su despacho, una de estas escuelas era La Escuela de Pintura al Aire Libre en donde conoció el trabajo del pintor Fernando Leal; Fernando era un pintor bastante rebeldito, se negaba a pintar lo que sus profesores le decían que tenía que pintar y en su lugar le dio por crear obras en donde los protagonistas era indios armados hasta los huaraches mientras que sus compañeros pintaban flores o escenas bucólicas. Precisamente por rebelde y mal portado don José Vasconcelos lo invitó a tomar sus pinceles y escoger una pared del Antiguo Colegio de San Ildefonso para que hiciera con ella lo que le diera la real gana y ya de paso le permitieron invitar a sus cuates para que hicieran lo mismo con otros muros del mismo edificio. Gracias a esto hoy podemos contemplar la obra de José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Fernando Leal y otros importantes artistas del muralismo mexicano en las diferentes paredes que dan al patio interior del museo. El color, la intensidad de las emociones y la sangre derramada por la búsqueda de justicia social conviven en silenciosa pero contundente algarabía en cada mural. Indios danzantes, obreros exigiendo pan y libertad, campesinos inmolados y gobernantes corruptos inundan cada una de las pinturas obligándonos a maravillarnos por la excelencia del genio artístico de estos rebeldes de aquellos días.

     Vale la pena ir al Antiguo Colegio de San Ildefonso a maravillarse un poco, lo cual, en estos días en donde el cinismo ha logrado que nada nos sorprenda no implica poca cosa. Ubicado justo detrás de la plancha del Zócalo es un patrimonio nacional que no pueden dejar de disfrutar y ya que andan por ahí pasan por unos tlacoyos o unos deliciosos esquites preparados justo a la salida de la Catedral Mayor.

    El Antiguo Colegio de San Ildefonso, ubicado en calle Justo Sierra No. 16 en el Centro Histórico en la Ciudad de México; el costo de entrada es de 45 pesos si hay exposiciones temporales y los martes es gratuito el acceso.

Germán Jiménez.

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El Buen Negro.

Casi todo el fin de semana anterior me vi recluido en mi humilde cueva, hay algo en el clima actual de la Ciudad de México que te exhorta a redescubrir las virtudes del sedentarismo: con un frío extraño por las mañanas, calor sofocante al medio día y lluvia por las tardes parece que lo mejor que uno puede hacer es acomodarse en la sala, tomarse un par de tequilas y acompañarlos de la lectura de un buen libro. Pues bueno, eso fue exactamente lo que hice (excepto por lo de los tequilas, debo reconocer que fueron ¡ejem!, más de dos).

     Del sello editorial “Quimera” tuve el gusto de descubrir la novela del escritor brasileño del siglo XIX Adolfo Caminha titulada “El Buen Negro”. La obra, si le prestamos atención al prólogo que, siendo lapidarios, fue la única parte del libro que me desagradó, bien puede clasificarse como una obra tan representativa como escandalosa del movimiento literario de finales del siglo XIX que se conoció como <<naturalismo>>. El naturalismo, intentando reducir la explicación a un par de frases y por ello mismo injustas, consistió en dejar a la pluma fotografiar las condiciones sociales y políticas de los pobres de aquéllos días (esa es precisamente su principal diferencia respecto del <<realismo>> pues éste último se enfoca a retratar las costumbres y estilo de vida de las clases económicamente privilegiadas además de que surgió un poco antes que el naturalismo). Su autor, Adolfo Caminha, tuvo el increíble mal gusto de morir antes de cumplir los treinta años. No podremos dejar de recriminárselo nunca: las plumas estridentes deberían ser tan longevas como los prejuicios que combaten ¡pero qué se le va a hacer! Adolfo se fue legándonos una obra breve pero deliciosa de entre la que destaca este libro.

     La novela durante su primera publicación hace más de un siglo causó incomodidad. En sus páginas encontramos descrito el abismo social existente entre la población llana brasileña y la burocracia portuguesa, vemos cómo se va gestando en las calles el clamor republicano contra las últimas exhalaciones del imperialismo portugués en el Brasil preindependiente, vemos el racismo y la esclavitud sin abolir en la práctica y vemos tortura y sangre manar por la cubierta de los barcos de la marina imperial. Pero nada de esto escandalizó ¡la miseria hoy en día sigue sin molestarnos como en aquéllos días tampoco causaba mucha incomodidad! Lo que causó horror fue que el protagonista, un negro bruto y cariñoso, parrandero y trabajador, medio guapo medio horroroso, musculoso pero decadente, marinero por elección y trotamundos por anhelo se enamora perdidamente de un adolescente rubio y de oficio marinero igual que él. Es la historia de un negro encantador por humano que se enamora de un muchacho y en donde las cosas salen cabronamente mal.

    Algo que bien vale la pena destacar del libro es que, aunque enmarcado en una corriente literaria que se caracterizó por concentrarse en la descripción de los hechos tal y como los veía el autor, un reflejo cruel y sin matices aunque complementado con la descripción casi siempre bucólica de la naturaleza; en esta novela se nota una incipiente tendencia a no solo describir el medio, el escenario en donde se desarrolla la historia sino que también intenta adentrarse en la psicología de los tres principales personajes. Adolfo Caminha logra que los escenarios no terminen con la descripción de una casa de huéspedes o de la olorosa salinidad del océano sino que se prolonga hasta indagar en la mente del Buen Negro haciendo del rencor y de la pasión que éste experimenta una parte indispensable de toda la obra; podemos decir que es una incursión temprana a la novela psicológica tal y como la conocemos en nuestros puñeteros días.

    Me rehuso a contarles más, léanlo. Su lectura fluye ininterrumpidamente en una sentada y deja un saborcito en la boca como a chocolate amargo.

     “El Buen Negro” del sello editorial independiente Quimera; Adolfo Caminha en la magistral traducción del maestro Luis Zapata y con el cuestionable prólogo de Alfredo Fressia (les sugiero leer el prólogo solo cuando hayan terminado la novela, la razón de ello es que en él se comete el terrible pecado de decir cómo termina el libro).

 

Germán Jiménez.

       

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