Angélica (Primer cuento del proyecto)

 

En esta sección encontrarán algunos cuentos que forman parte de un proyecto más amplio y que espero publicar en unos cuantos años una vez que concluya todas las narraciones que me interesan; es un poco difícil describir su temática: amor y odio (siempre por partes iguales), dinero, sexo (mucho sexo, después de todo el sexo es banal y como yo soy defensor de lo intrascendente luego entonces hablo mucho sobre sexo), historia…

Los invito a leerlos y compartirlos, en una de esas ¡hasta terminan gustándoles!

La primera historia es la siguiente:

Angélica

 

     Escogí crisantemos para adornar la mesa, nunca me gustaron, a él, en cambio, parecían sugerirle algo: su perfume, su color, los incontables pétalos; algo le sugerían pero nunca me lo explicó o quizá nunca quiso explicármelo. Era un hombre, no, mejor dicho, es un hombre… ¿cómo puedo recordarlo sin sentir en el paladar el sabor a traición, el sabor del olvido? Un romántico, eso era, eso es, así sobrevive, como un recuerdo romántico, y sin embargo, es mi hombre. ¿No es, acaso, otra manera de traicionarle: recordando? ¿Desviviendo? ¿Qué hago aquí, en este departamento esperándole, como si yo no tuviera una vida, como si él fuera todo para mí? Él no lo es todo para mí; soy una mujer exitosa, soy independiente, soy guapa ¿porqué entonces debo esperar a que él llegue? ¿Por qué soy yo quien debe esperar, acaso no merezco yo lo mismo, acaso no merezco a que alguien espere por mí?

     Caminas yendo hacia la cama Angélica. Se ha ido. No aguardó, como le pediste que lo hiciera, siempre ha sido así, por eso no te preocupa. Dejas las flores sobre el anaquel de la cocina, al parecer nunca llegarán al florero de la mesa; guardas la comida comprada en la tienda departamental mientras sientes pataditas en el vientre, ni siquiera has pensado en cómo llamarás a tu hijo, el día se acerca, y él no está ahí, para sentirlo contigo, para posar sus manos sobre la esfera que alguna vez configuró su deseo.

     El año anterior le preparé…, no le gustó. Este año no sé qué cocinar ¿qué se le cocina a un hombre cuyos sentidos se sienten morir, sin deseos, apenas dueño de un soplido de existencia? ¿Por qué lo espero, qué me ha dado él para que lo espere? No me ha dado nada. Al contrario cada día me ignora más, cada día le parezco menos mujer, cada día es otra serie de rutinas que no hacen sino confirmar mi hastío.

     La radio te hace compañía y no puedes mas que dibujar una sonrisa sarcástica: baladas navideñas, anuncios de temporada, Navidad, Navidad, dulcísima Navidad. Y tú solo piensas en lo que cocinaste para él hace exactamente un año. El conductor se escucha feliz, su voz no dice mucho, dejaste de creer en las palabras desde que miraste en la profundidad de los ojos de tu hombre, un par de ojos esquivos. ¿Alguna vez te miró de frente Angélica? No, nunca lo hizo y eso te orilló a no prestarle importancia a sus frases, mucho menos al tono de su voz, como el de la voz del conductor del programa, la radio suena feliz y él sigue sin estar aquí para mostrarte su mirada, los secretos del cristal de su alma siguen sellados, al menos, para ti.  

     ¿Recuerdas aquélla noche? La cena no te gustó pero no te atreviste a comentarme nada. Te levantaste de la mesa al tiempo que tomabas mis manos entre las tuyas llevándome a la que, por esos días, aun era nuestra habitación. Tus manos se deslizaron con suavidad por mi talle, por mi torso, acariciaste con lentitud la corola de mis senos mientras tu boca recorría mi cuello. Y yo no sabía cómo reaccionar, te deseaba, pero te odié porque dejé de pertenecerme para actuar como un ser gimiente que explotaba con cada caricia, que se volvió una demente cuando nuestros cuerpos, desnudos, calientes, húmedos, se unieron entre las sábanas de una cama sofocante. De un momento al otro estabas dentro de mí y yo te dejé explorar mi cuerpo y mi calor, el calor que  aun cuando solo me pertenecía a mí lograste arrebatar entre caricias y palabras dulces soltadas en sincronía con el movimiento de tu sexo dentro del mío. Sentí tu cuerpo sobre el mío. Me asfixiabas pero no estaba dispuesta a dejarte ir. No podías irte sin mí. No podías irte nunca. Aun no lo comprendo pero anhelaba dos cosas, en ese momento quería dos cosas aparentemente contradictorias: que todo llegara a su fin y; sin embargo, que nunca te fueras.

     Te quedas sentada. Pensando.

     Piensas en las noches de sexo. También piensas en las noches en que solo querías que te abrazara tu hombre. ¡Cómo se puede parecer tanto un deseo al otro! ¿Qué tiene que ver el deseo sensual, intenso, candente y divino con la simple necesidad de un abrazo? ¿Qué te ocurre Angélica porqué empiezas a llorar recordando aquellas noches de placer? ¿Es simple demencia o es que en verdad llegaste a amarlo?   

     Esa música no tiene sentido; como no lo tiene este día y como no lo tiene el crucifijo que adorna la cabecera de tu cama. Pobre, el Hombre de aquélla cruz: desangrándose. La, la, la; resuenan las canciones con el típico sello navideño y comercial. No tiene sentido. Tú ni siquiera disfrutarás de la Navidad porque estás preñada y sola, sin familia, sin amigos y sin tu hombre. Y no es que esto represente para ti, exquisita mujer de mundo, un problema: bien podrías afrontarlo.

     Pero ya no quieres seguir y eso también se vale.

     Lo sé. Es políticamente incorrecto decir que se vale rendirse. Pero es tu vida. Y si has decidido que has llegado al límite de tus fuerzas. Pues así es.    

     Ahora piensas en tu hijo y en cómo será su nacimiento mientras la música navideña te hace recordar las historias que narran el nacimiento del Hombre que está crucificado. Y piensas, con un dejo de crueldad que te complace, en que ése día también nació la impotencia de Dios; porque años después Dios sería rebasado por la potencia de los hombres, la sangre del Hijo derramándose porque la mano del Padre no pudo cicatrizar sus heridas.

     Al terminar conmigo, cuando permitía que terminases dentro de mí permanecías recostado un par de minutos a mi lado, después, repentinamente, levantándote de la cama, desnudo, lucias la majestuosidad de tu cuerpo durante un simple recorrido de la cama a la regadera. Y yo contemplaba tu musculatura, tu torso, tus piernas, el sexo y las nalgas y no hacía sino excitarme y odiarte por tu belleza. Eras el primer hombre que me rebasaba en todo. Belleza incluida. Y por eso te odié tanto y por eso ahora te extraño. 

     Entonces caminas hacia la lujosa cocina, cogiendo el ramo de crisantemos para, tan solo, arrojarlo contra la radio provocando que caiga distorsionando la voz del cantante al impactar contra el frío suelo de mosaicos. Del moribundo aparato se desprenden sonidos cómicos, los mismos que te hacen estallar en una risa histérica ¿mueres con esa voz Angélica?    

     Recuerdo aquélla noche, creo que fue la noche en que quedé preñada. No se trata de traicionarte, se trata de traicionar a la otredad que vive y muy pronto morirá dentro de mí.

    

     Dejas de fingir. Sabes que a tus cuarenta años jamás tuviste un amante, sabes que no estás preñada, y, mucho menos, de un hombre que solo existió en tus deseos. Sabes que en aquella cama, de tu lujoso departamento, nadie, y en el nadie te incluyes, pasó la noche; sabes que no cocinarás para nadie y sabes que “hoy es Nochebuena, mañana Navidad” como lo repitió entre canciones, hasta el fastidio, el conductor de la radio. Sabes que solo creas fantasías para tolerar tu exitosa realidad.

     Del cajón de la alacena sale un frasquito de pastillas, lo colocas sobre el comedor, tomas asiento y fijas la mirada en el frasco. El día llegó Angélica.

     De lo que queda de la radio se desprenden algunos sonidos, después el silencio, para siempre.

 

Ger JM

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