Archive for Ocurrencias

El Buen Negro.

Casi todo el fin de semana anterior me vi recluido en mi humilde cueva, hay algo en el clima actual de la Ciudad de México que te exhorta a redescubrir las virtudes del sedentarismo: con un frío extraño por las mañanas, calor sofocante al medio día y lluvia por las tardes parece que lo mejor que uno puede hacer es acomodarse en la sala, tomarse un par de tequilas y acompañarlos de la lectura de un buen libro. Pues bueno, eso fue exactamente lo que hice (excepto por lo de los tequilas, debo reconocer que fueron ¡ejem!, más de dos).

     Del sello editorial “Quimera” tuve el gusto de descubrir la novela del escritor brasileño del siglo XIX Adolfo Caminha titulada “El Buen Negro”. La obra, si le prestamos atención al prólogo que, siendo lapidarios, fue la única parte del libro que me desagradó, bien puede clasificarse como una obra tan representativa como escandalosa del movimiento literario de finales del siglo XIX que se conoció como <<naturalismo>>. El naturalismo, intentando reducir la explicación a un par de frases y por ello mismo injustas, consistió en dejar a la pluma fotografiar las condiciones sociales y políticas de los pobres de aquéllos días (esa es precisamente su principal diferencia respecto del <<realismo>> pues éste último se enfoca a retratar las costumbres y estilo de vida de las clases económicamente privilegiadas además de que surgió un poco antes que el naturalismo). Su autor, Adolfo Caminha, tuvo el increíble mal gusto de morir antes de cumplir los treinta años. No podremos dejar de recriminárselo nunca: las plumas estridentes deberían ser tan longevas como los prejuicios que combaten ¡pero qué se le va a hacer! Adolfo se fue legándonos una obra breve pero deliciosa de entre la que destaca este libro.

     La novela durante su primera publicación hace más de un siglo causó incomodidad. En sus páginas encontramos descrito el abismo social existente entre la población llana brasileña y la burocracia portuguesa, vemos cómo se va gestando en las calles el clamor republicano contra las últimas exhalaciones del imperialismo portugués en el Brasil preindependiente, vemos el racismo y la esclavitud sin abolir en la práctica y vemos tortura y sangre manar por la cubierta de los barcos de la marina imperial. Pero nada de esto escandalizó ¡la miseria hoy en día sigue sin molestarnos como en aquéllos días tampoco causaba mucha incomodidad! Lo que causó horror fue que el protagonista, un negro bruto y cariñoso, parrandero y trabajador, medio guapo medio horroroso, musculoso pero decadente, marinero por elección y trotamundos por anhelo se enamora perdidamente de un adolescente rubio y de oficio marinero igual que él. Es la historia de un negro encantador por humano que se enamora de un muchacho y en donde las cosas salen cabronamente mal.

    Algo que bien vale la pena destacar del libro es que, aunque enmarcado en una corriente literaria que se caracterizó por concentrarse en la descripción de los hechos tal y como los veía el autor, un reflejo cruel y sin matices aunque complementado con la descripción casi siempre bucólica de la naturaleza; en esta novela se nota una incipiente tendencia a no solo describir el medio, el escenario en donde se desarrolla la historia sino que también intenta adentrarse en la psicología de los tres principales personajes. Adolfo Caminha logra que los escenarios no terminen con la descripción de una casa de huéspedes o de la olorosa salinidad del océano sino que se prolonga hasta indagar en la mente del Buen Negro haciendo del rencor y de la pasión que éste experimenta una parte indispensable de toda la obra; podemos decir que es una incursión temprana a la novela psicológica tal y como la conocemos en nuestros puñeteros días.

    Me rehuso a contarles más, léanlo. Su lectura fluye ininterrumpidamente en una sentada y deja un saborcito en la boca como a chocolate amargo.

     “El Buen Negro” del sello editorial independiente Quimera; Adolfo Caminha en la magistral traducción del maestro Luis Zapata y con el cuestionable prólogo de Alfredo Fressia (les sugiero leer el prólogo solo cuando hayan terminado la novela, la razón de ello es que en él se comete el terrible pecado de decir cómo termina el libro).

 

Germán Jiménez.

       

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Del Encanto De La Panza

El sábado anterior se me ocurrió aceptar la invitación de un amigo para acudir a una fiesta familiar. Hace un buen rato que no cometía una insensatez así que por puro amor al equilibrio decidí no poner muchos peros y sencillamente ir a comer gente un rato.

     Es increíble cómo todas las familias en México, sin importar nivel socioeconómico, costumbres, afinidades ideológicas o número de genes defectuosos compartidos, se parecen entre sí. Solo para buscar un ejemplo en todas las familias hay gordos, gordas, hombres flacos con vientre voluminoso, perros parados pues, y niños obesos. Es como un elogio gráfico a la obesidad o, expresándolo con mejor tino, una cancioncita visual consagrada a la panza.

     Estar panzón debe tener sus ventajas. La primera que se me ocurre es que quizá te cabe más comida, para los que nos gusta comer eso definitivamente es una oportunidad de ver en cada sentada a la mesa un motivo de realización personal; otra pude ser que cuando estás cruzado de brazos siempre tienes en dónde recargarlos para evitar el agotamiento, por otra parte nada significativo, de mantenerlos tensos contra el pecho; también debe servir a la hora de los golpes, la panza puede servir como un parapeto natural al más puro estilo de Homero Simpson: cada golpe solo hace que el puño del contrincante se quede atascado en las carnosidades fofas del panzón. Otra ventaja consiste en que cuando llega Navidad puedes disfrazarte de Santa sin necesidad de usar relleno, aunque esta última ventaja puede ser seriamente discutida pues alimentar una panza voluminosa tiene que ser más caro que comprar relleno sintético para el disfraz, olvidando, además, que el resto del año se carga con la panza mientras que el igual de incómodo relleno en cualquier momento puede ser desechado. Y ya que nos estamos poniendo críticos pasemos a analizar las desventajas. Primero, te vuelve asquerosamente repulsivo. Ni de chiste dan ganas de tocar a un obeso. Segundo, te vuelves predeciblemente jocoso, los gordos son graciosos por definición sensitiva, es decir, al ser grotescos causan como mínimo morbo y si se es cínico, como yo, causan gracia. Tercero, debe haber una proporcionalidad no enunciada (hasta este momento) entre el nivel de grasa corporal y los umbrales de neurosis de las que uno es capaz. Casi todos los gordos que conozco son bonachones, sí, pero también neuróticos, aunque, siendo justos, lo mismo puede decirse de la gente delgada… Creo que debo pensar mejor esto último, quizá no es la grasa lo que arruina el carácter sino estos tiempos truculentos que nos tocó vivir.

     También puede ser que el único neurótico antipático sea yo.

     No me extrañaría.

Ger JM.

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Acerca de la decepción

Hace un buen rato que no me paraba por estos rumbos; casi dos meses. Me gustaría tener una excusa pero sencillamente la razón por la cual no escribí ningún artículo desde hace tanto es porque no me placía hacerlo. Estaba decepcionado. Debo explicarme.

     Este blog surgió como un proyecto literario y, si bien es cierto, que en todo momento supe que el flujo de visitantes sería escaso no imaginé que me quedaría corto en mi descripción ¡el flujo es prácticamente nulo! En una semana se han registrado uno o ningún navegante lo que hace pensar que dicho lector entró por puro accidente a estas páginas por lo que deduzco que tampoco leyó mayor cosa; no es que en verdad crea que todo mi trabajo sea digno de generar reseñas y lectores al por mayor pero lo que verdaderamente me alarma es que al parecer en la Web solo impera la imagen y el sonido dejando muy olvidada a la palabra escrita. Al ser este espacio una zona vedada a videos, fotografías y archivos multimedia en general debo comprender ¡cómo no hacerlo! Que los seguidores del video, las fotografías y los archivos multimedia en general no estarían interesados en caminar por estos tétricos pasillos lo cual solo abre camino a los amantes de la palabra…Los que, como se ve, son de lo más raros, es más, son inexistentes.

     Pero también puede ser que se trate solo de un blog aburrido en donde se publican artículos mal escritos. Y la prueba de ello radica en que ni siquiera mis amigos cercanos, aquéllos que conocen mi verdadera identidad (me sentí superhéroe por un segundo), entran al blog.

    Es duro admitir que puedes ser terriblemente aburrido, pero así es esto de las gelatinas.

   Prometo que cuando llegue el día en que combine mi trabajo formal como ejecutivo de cobranza con un puesto de bailarín exótico en un antro gay por las noches entonces sí que publicaré fotos, claro que, siendo fiel para con mis intensiones literarias, las fotos solo se incluirán a manera de ilustración de las crónicas y no como contenido último. También he pensado en empezar a incluir fotos de los viajes que hago a provincia y platicarles un poco más de mi trabajo pero como que no se me da la gana todavía… lo pensaré.

    Por último a raíz de esta decepción por mi falta de popularidad en Internet recordé las palabras de Cristina Pacheco. Resulta que alguna vez en entrevista concedida por la periodista a no recuerdo cuál publicación ella comentaba sobre sus libros de cuentos (de los que recomiendo ampliamente “Sopita de fideo”) que no le importaba demasiado si se vendían o no, lo importante es que se escribieron y punto. Quizá la maestra Pacheco tiene razón, la literatura en ocasiones se contiene por si misma, como si guardara su energía para soltársela de golpe al primer lector que caiga en sus garras. Me niego a creer que el éxito comercial es sinónimo de calidad literaria, por supuesto que, eso lleva a otro problema ¿qué es la calidad literaria?

    Dejemos esa pregunta para otra ocasión, por ahora he de contentarme con decir que retomo el trabajo del blog.

 

Ger JM

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¡Bienvenidos! De la conveniencia de las drogas

Veo un documental de VH1, habla sobre los iconos masculinos en el mundo de la música. En algún momento entrevistan a una mujer que no conozco pero que, dada la tendencia de las entrevistas, se trata de una cantante. Compara a un músico que tampoco identifico con Jim Morrison hablando bien del primero y denostando a Morrison por el solo hecho de haber sido drogadicto. Me resulta gracioso pensar que en la determinación de la valía del trabajo de alguien pueda influir el hecho de que consuma, o no, drogas. No veo la relación.

      De hecho, yo me guardo mis sospechas de los artistas (escritores, actores, músicos, fotógrafos…) y científicos que no son alcohólicos, drogadictos o maniacos sexuales. Sencillamente no veo cómo una persona inteligente podría soportar la tragedia de la vida sin alcoholizarse por lo menos de vez en cuando, sin entrar en contacto con los paraísos psicotrópicos por lo menos una vez en su vida o sin coger al más puritano estilo. Mi desconfianza crece cuando me presentan a un gran intelectual o a una gran persona y ésta no habla sino de virtudes ¿para qué hablar sobre la virtud si el vicio, al menos como materia de entretenimiento, suelta de un mejor modo la lengua de cualquiera?

     Pero ambas posturas constituyen los extremos. Lo de verdad relevante es la obra, lo demás, como diría don Carlos Fuentes, es tan solo anécdota. La obra terminada es lo que cuenta ¡qué puede importarnos la tendencia de Picasso al aislamiento social si su “Minotauromaquia” es un delirio de genial mezcla de crueldad y esperanza! ¡A quién carajos le importa si Vargas Llosa alguna vez fue candidato presidencial de la derecha en el Perú si de su pluma nació “Conversación en la Catedral”! ¡Qué relevancia puede tener que Morrison fuera un navegante permanente de realidades inhalables si su voz te lleva a un orgasmo igual de intenso en tres patadas! Así pues que muera la biografía dando paso a la obra.

     Sobre este tema Wilde ha sido el que mejor ha escrito, su compendio de ensayos “Intenciones” aborda del mejor modo posible la separación entre lo que es el artista y lo que es su obra. Y dado que ya andamos en esto de las drogas no estaría mal releer a Carlos Castaneda, nomás por puro entretenimiento.

Ger JM

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¡Bienvenidos! El efecto cubículo

Me gusta mi nuevo trabajo, todo es muy distinto respecto de lo que hacía en el banco. Se trata de una agencia de cobranza de alta mora y yo entré como uno de los gerentes del área comercial. Pero no quiero hablar sobre mis actividades en la agencia, en cambio, quiero platicar sobre lo que identifico como “el efecto cubículo”.

    Esta empresa es muy pequeña; todas sus instalaciones se reducen a un solo piso de un corporativo de oficinas en Polanco. Somos a lo mucho 60 empleados divididos en unos diez departamentos, sí, a mí también me pareció de lo más pintoresco ¡cada departamento está integrado por cinco o seis personas! Es, lo que se dice, una microempresa o al menos a mí me lo parece dado que trabajé durante años en una transnacional que emplea (y explota) a cientos de miles de personas. En mi área mantenemos una comunicación muy estrecha, sería ridículo que no fuera así cuando somos tan pocos, pero con mucho trabajo le hablamos a los vecinos del departamento adjunto ¡y eso que solo nos separan tres metros!

     Como mi trabajo consiste en localizar a diversos deudores e inversionistas en provincia viajo mucho pero, como casi todas las organizaciones, aquí también hay que hacer mucho, muchísimo, trabajo de escritorio. El trabajo de escritorio, el papeleo, lo realizo en un cubículo diminuto, es tan pequeño que si lanzo mi asiento hacia atrás con fuerza choco contra otro de los gerentes quien a su vez golpearía a otro iniciando un efecto dominó. Puede sonar incómodo, y sí, lo es, pero es trabajo y en consecuencia difícilmente la comodidad importa.

     De esta incomodidad deriva lo que yo llamo el efecto cubículo. El efecto cubículo es el triunfo del sedentarismo sobre el afán exploratorio del hombre, sus características son:

a)      Toda comunicación entre departamentos debe hacerse en primer lugar vía correo electrónico y, solo en caso de verdadera urgencia, vía telefónica (no importa que el destinatario del correo, o la llamada, se encuentre a un cubículo de distancia).

b)      Solo conoces por su nombre a las personas que conforman el departamento en el que trabajas y a las que se sientan a un costado tuyo; el resto del personal es como los ovnis: sabes que pasan frente a ti de vez en cuando, sabes que los has visto, pero no estás seguro de su existencia.

c)      Cuando alguien comenta sobre un accidente que le ocurrió a Fulano de tal área te parece que están describiendo los últimos acontecimientos en los Balcanes; es tan lejano que no te involucras emocionalmente.    

d)      Y a pesar de estar separados todo el mundo se entera sobre lo que le pasa a todo el mundo dentro de la empresa; que si Mengano anda con Sutana y que si Perengano es maricón de clóset y que si Fulano quiere correr a todo su personal; los chismes corren y todos conocen la personalidad de todos aún cuando nunca hayan cruzado una palabra entre sí.

e)      Las alianzas y la formación de grupos de choque también es cosa común; se forman tantas células revolucionarias como cubículos conforman las instalaciones.

f)       Y aunque hay tan pocos empleados también aparece de vez en cuando un paracaidista: nadie sabe qué hace ni cómo justifica su sueldo, pero ahí está, siempre presente, siempre involucrándose con todos los grupos; es como la maleza de cualquier jardín: por más que la podas siempre vuelve a aparecer.

El efecto cubículo, una partícula más de la sociología del trabajo de estos tiempos truculentos.

 

Ger JM

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¡Bienvenidos! Sobre el asesinato.

Analicémoslo solo desde una perspectiva funcional ¿sirve de algo?

 

I

En la política

 

     Cuando le pregunto a diferentes historiadores cuál ha sido su papa favorito casi todos me contestan que Alejandro VI; el segundo papa de la familia Borgia. Yo coincido. Los Borgia tienen un mí, como lo tuvieron en Maquiavelo, a un admirador.

     Alejandro VI fue uno de los grandes papas. Maniobró como se debía contra las familias italianas para recuperar, a través de su hijo César, los estados pontificios y supo plantarle cara a la prepotencia de la Francia del renacimiento. Además de que jamás asesinó solo porque sí, sino por estrictas razones de estado (y solo una vez contra el monje dominico Savonarola y su misticismo castrante).

     En política el asesinato solo se justifica cuando la persona cuya existencia se ha vuelto intolerable amenaza con destruir al estado, cuando eso ocurre muy pocas voces se alzarán en contra del crimen. 

     Pero esto ya no es el renacimiento. Y las razones de estado han dejado de existir. A lo más existen superfluos intereses personales (de un gobernante) o de un grupo (facción). El asesinato trae consigo problemas de vanidad: siempre se sabe quién es el autor intelectual del mismo modo que siempre se sabe que las investigaciones oficiales nunca identifican al verdadero culpable. Es un problema de vanidad porque aunque el asesino muy posiblemente será exonerado, a lo largo de los años, en la memoria <<colectiva>>, todos sabrán que no tuvo el talento suficiente para vencer a su rival con hechos y no derramando sangre; es decir, lo deplorable es la falta de talento no el asesinato en sí.

 

II

En los negocios

 

     Las petroleras tienen fama de asesinar a los obstáculos que se van encontrando antes de iniciar la más somera excavación. Sí, es cierto, gustan de derramar sangre pero eso fue hasta finales del siglo XIX y principios del XX. En estos días prefieren promover guerras y sobornar a activistas; en ese sentido encontraron formas más <<civilizadas>> de hacer negocio.

     Los banqueros también tienen mala fama, aunque, claro, lo mismo puede decirse de los industriales y hasta de los, siempre carentes de glamour, ganaderos y agricultores pero ninguno usa mucho el asesinato, han aprendido que la mejor manera de solucionar un problema es promoviendo fusiones y comprando a la competencia.

    

 

III

En la vida diaria

 

     Están los asesinatos pasionales, claro, pero eso es tan solo una vulgar atrofia cognitiva ¿quién asesina hoy en día a un cónyuge adultero, nada más para poner un ejemplo? Uno preferiría ponerle el cuerno tres veces y mucho más rico para después abandonarle.

     ¿Venganzas, deudas de honor o de dinero? No, es preferible el acoso.

 

      Concluyendo: el asesinato ya no es necesario, afortunadamente han surgido otras formas de provocar un mejor y más profundo daño.

    

Ger JM

 

Posdata. El asesinato de periodistas sigue vigente, cierto, pero confiamos en que los asesinos despierten un día de estos y se den cuenta de que a un periodista no se le mata sino que se le calumnia.

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¡Bienvenidos! Revueltas inminentes

Camino por las calles de Polanco. La sede de mi nuevo trabajo se encuentra en este vecindario de clase media alta de la Ciudad de México. Al igual que en todo el país observo menesterosos a montones y no me refiero solo a las personas que desafortunadamente viven de la caridad, lo cual es más bien asunto de sobrevivencia, sino a los miles de empleados que pasan con miradas preocupadas y el calzado desgastado. Todos tienen empleo pero a ninguno le alcanza ni para lo elemental. Casi todos ellos están endeudados hasta el culo, y no es porque se hayan ido de juerga el fin de semana anterior malgastándose la magra quincena en putas y alcohol, sino que las tarjetas de crédito las han usado para nada más que para comprar despensa ¡endeudados porque compraron comida! Muchos forman una familia muégano, juntan el ingreso con la pareja (homosexual u heterosexual, ya no importa, hasta hace un lustro las parejas homosexuales tenían una capacidad de ahorro más alta atribuida al hecho de que, ¡Dios los bendiga!, no traían más chilpayates al mundo y por lo mismo no tenían que desembolsar en su manutención) y los parientes más cercanos: padres, hermanos… Y aún así no alcanza.

     La crisis inmobiliaria iniciada en los Estados Unidos fue la excusa perfecta para despedir empleados al mayoreo y contratar nuevo personal con sueldos mucho más castigados y prestaciones nulas.

    Hay países que en décadas no habían experimentado una recesión; México y Latinoamérica, en cambio, nunca han conocido un período de bonanza económica, aquí nunca ha existido una economía de pleno empleo (ni siquiera durante el milagro económico de los 40’s a los 70’s recordado con tantos suspiros por la academia). Aquí las cosas solo se han agravado.

     Es triste ver cómo las condiciones para el inicio de revueltas sociales son cada vez más notorias. Me gustaría decir que los gobernantes no lo saben o no observan con el mismo filo que yo lo hago pero no es así. Lo saben y saben que esas revueltas casi siempre terminan en derrocamientos. Grandes grupos de poder quieren un golpe de estado, no solo en México, sino también en muchos otros países.

    ¿Hay solución? Sí pero requiere de fuertes cambios en materia laboral y desafortunadamente me genera la impresión de que ya es demasiado tarde (ojalá y me equivoque).

Ger JM

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