Doncellas judaizantes (crítica).

Esta crítica se escribió con motivo de la exposición “Diego Rivera y la Inquisición, un puente en el tiempo” montada en la Ciudad de México en el Museo Mural Diego Rivera.

Espero sus comentarios.

 

     En el Museo Mural Diego Rivera se ha montado una exposición que termina en marzo del 2009 titulada “Diego Rivera y la Inquisición, un puente en el tiempo”; la muestra se basa en un fragmento del mural que el mismo museo resguarda de manera permanente “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. En la esquina superior izquierda de esta romántica y monumental obra se retrata a doña Mariana de Carvajal, quien fue una doncella judaizante de 29 años que fue procesada por el Santo Oficio en la Nueva España para que muriera a fuerza de garrotazos y, posteriormente, sus restos fueran quemados en la hoguera. En el mural la historia ha sido representada de un modo distinto pero no por ello menos conmovedor. Ahí se observa un cuerpo semidesnudo, a primera vista parece el cuerpo de un varón joven pero al observar detenidamente nos daremos cuenta de que se trata de una mujer cuya femineidad del rostro se ha diluido en el terrible dolor que el verdugo, oculto por un árbol petrificado, le infligió al lacerar su bella espalda y le sigue provocando al clavar una daga puntiaguda en diferentes partes de su cuerpo; pero el verdugo no actúa por iniciativa propia (aunque por los hilos de sangre que recorren el cuerpo de su víctima parece que goza esmerándose en su trabajo); atizando la tortura con arengas que dirige un inquisidor fanático a la víctima en el nombre del más alto (se observa su mano izquierda señalando al cielo) y de su hijo que murió en la cruz (con la mano derecha sostiene un crucifijo) parece explicarle en medio de tanta locura a doña Mariana que el dolor que le provocan es a título de su propio bien. Otras víctimas, personas sin sexo, seres andróginos que representan en el sufrimiento de sus facciones el padecer de todas las víctimas del fanatismo religioso (y quién sabe si también de todos las clases de fanatismo) han muerto asfixiadas sujetas por correas del cuello contra postes de madera.

     Este fragmento del mural, pues, es el que sirve para la curaduría de la exposición.

     Después de recorrer la exposición queda en el paladar el sabor de la insuficiencia. El montaje de obras es compacto y no del todo interesante; le falta algo. Es un poco difícil decir en qué consiste ese algo porque se exhiben esculturas talladas en madera del siglo XVIII y hermosos edictos virreinales así como libros bellamente ilustrados de los tiempos en los que el Virreinato entraba en su etapa final en la Nueva España ¿qué es lo que le faltó a la exposición? Intentemos contestar a esto deteniéndonos primero sobre lo mucho que se hizo de manera espléndida.

     Primero, el espacio del museo es escaso, en realidad el edificio fue concebido para albergar solo el mural del maestro Rivera que originalmente estaba instalado en el Hotel del Prado el cual después del sismo del 85 en la Ciudad de México sufrió daños irreversibles por lo cual el INBA encomendó al arquitecto José Luis Benlluire, en 1986, la construcción de un santuario para la obra. El edificio solo tiene dos pisos estrechos, para cualquier curador resulta un reto saber aprovechar ese ínfimo espacio de manera eficiente sin menoscabo de la comodidad del visitante. Bien, en esta exposición se aprovechó muy bien el espacio y la luz, el visitante se siente cómodo al recorrer ambos pisos.

     Segundo, el tiempo de intervención del Santo Oficio, la Inquisición, en nuestro país es un período que los historiadores del virreinato no han logrado desentrañar de un modo adecuado, al menos en comparación con otras etapas de nuestra historia. Es uno de esos raros trechos de tiempo que parecen encriptarse más conforme avanzan las generaciones en lugar de abrirse a nuestra interpretación. En consecuencia el material artístico de la época es escaso y, muchas veces, apócrifo. Los curadores lograron lo que nadie había alcanzado en este tema: meterse con las colecciones privadas (también escasas) y sacarlas a la luz, esto especialmente refiriéndonos a las esculturas que después de este evento regresaran a sus dueños. Bien hecho.

    Tercero, aunque en realidad Diego Rivera pintó poco sobre el tema, es más pintó casi nada sobre el tema, la curaduría supo sacarle provecho al fragmento del mural, para que sirviera de arranque de la exposición, y recordó el poemario de Isaac Berliner ilustrado por el pintor. En este libro una de las ilustraciones reza precisamente sobre un condenado por la Inquisición mexicana y es; adicional a ello, una colaboración intelectual que pocos recuerdan de parte del maestro Rivera para con otro artista.

     Cuarto, la muestra también sirve para mostrar parte de las raíces judías del pintor. Esto último es importante porque la obra de Rivera es una bandera enarbolada contra la opresión. Aunque, hablando en términos biográficos, nunca he creído que el formar parte de un colectivo sea determinante a la hora de analizar al individuo, pero bueno, dejemos ese asunto para otro artículo.

     Resumiendo, el museo se esforzó por mostrar lo poco que se tiene en materia de arte de la época. Reconocemos el esfuerzo y recomendamos la visita al Museo (además de que siempre es delicioso sentarse en uno de los divanes de bejuco de la sala principal y quedarse por horas disfrutando del colorido de la Alameda de Diego) y, al tiempo que brindamos un aplauso, no podemos dejar de lado nuestra inquina al señalar que la muestra se quedó un poco corta, lo cual seguramente cambiará con las futuras exposiciones del recinto.

 

Ger JM   

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