El antebrazo de París (quinto cuento del proyecto)

     Este cuento está basado en los últimos días del genio del pincel que fue Degas. Es el quinto del proyecto.

     Espero sus comentarios.

 

El Antebrazo Parisino.

 

     No sé cuánto tiempo he caminado, los pies me duelen pero no tanto como las órbitas de los ojos. París es inmenso y de unos años para acá, desde que la gran guerra comenzó, es silente, en las calles solo se escuchan mujeres cuchicheando y ancianos, que imagino tan decrépitos como yo, hablando en voz baja sobre las humillaciones que uno u otro bando sufren por el conflicto armado. El ánimo; sin embargo, parece que regresó desde que los Estados Unidos ingresaron a la guerra ¿cuánto tiempo hace de ello? Unos meses supongo, creo que esto es septiembre, no sé qué día estoy viviendo pero es septiembre, el año es 1917, eso también puedo recordarlo ¿desde hace cuánto tiempo estoy vivo? ¿Hace cuánto debí dejar de estarlo?

     Ya solo puedo imaginarme lo que ocurre, desde que perdí la vista lo único que tengo por cierto es el eterno dolor en los ojos, todo lo demás: los murmullos, los ruidos estridentes, el tacto de las cosas e incluso los olores de la podredumbre y de la comida me parecen tan solo una jugarreta de la mente. París huele mal, la guerra contamina mi ciudad, sus habitantes huelen mal, el aire está impregnado de muerte y lo triste es que no me contagio, la muerte no me toca, me huye, al parecer hasta la gran cegadora siente indiferencia por mí. En las calles me confunden con un mendigo, yo, que fui uno de los maestros del arte, yo, que con colores pastel hice de la belleza de bailarinas y caballos el equivalente de la sensualidad hecho pintura. Yo que contemplé la diáfana línea de la espalda de mujeres hermosas que solo se atrevieron a descubrir su desnudez ante mi genio, yo que alguna vez fui Edgar Degas.

     Escucho a una mujer, está exaltada, grita, no sé a quién se dirige, quizá solo siente la necesidad de que todos le escuchemos para que de ese modo ella pueda constatar que la guerra no se la ha llevado como seguramente se llevó a sus hijos, lo adivino, no me consta que el país haya devorado a su descendencia pero en el tono de voz puedo escuchar la angustia de una mujer que lo perdió todo. Dice que las tropas francesas se amotinan, que los jóvenes no desean seguir peleando. Hay escasez de alimentos, los jóvenes soldados deben estar hambrientos y tristes porque de no ser por la intervención de los americanos ahora su país sería territorio alemán. Repruebo su cobardía, no soporto escuchar que factores tan mundanos como el agua y el trigo impidan que den hasta el último respiro por su nación. Cuando yo era joven, a pesar de mis problemas de la vista, me enlisté en la guardia nacional y defendí a esta misma ciudad que ahora me desprecia contra las tropas prusianas ¿Acaso creen que nosotros estábamos muy bien alimentados, que sobraba el pan y en lugar de agua mohosa bebíamos vino? ¿Acaso creen que sus padres no combatieron, que no sabemos lo que es una guerra?

    Pero no creo tener derecho a juzgarlos porque, aunque yo también fui un soldado, no soy el padre de esta juventud. No soy padre ni esposo de nadie, no tuve hijos y tampoco me arrepiento de no haberlos tenido; sencillamente digo que no tengo derecho de exhortarles al arrojo porque ni siquiera puedo predicar con el ejemplo. Soy un anciano que busca en su amada ciudad un rincón para expirar el último aliento.

     Huele a polvo de yeso y vendas mojadas, debo estar cerca de un hospital, hay más gritos. Ese aroma me transporta a los salones de baile, me parece que puedo recordar a las pequeñas bailarinas envolviendo sus pies de porcelana en vendas bañadas de yeso. Siempre me gustó la danza, o mejor dicho, diciéndolo con la verdad que los años me permiten, me gustaban las bailarinas: pequeñas, frágiles, nunca entendí el misterio que encerraban sus casi cristalinos cuerpos. Eran niñas con la fortaleza de matronas haciendo rutinas que agotarían al más rudo de los hombres, elevándose del suelo con ayuda de dos pies en posición vertical, moviendo sus delgados brazos al compás que va marcando el maestro de baile, envueltas en vestidos que se antojan incómodos y demasiado amplios para sus estrechas cinturas. Me gustan las bailarinas en especial las más jóvenes porque son como entes divinos: andróginas, demasiado delgadas, sin curvas y con rostros de varón adolescente. Me gustaba retratarlas, en grupo o individualmente, adentrarme con mi débil visión en la palidez de la piel que las envolvía como a un caro regalo, me gustaba percibir el aroma de mujeres jóvenes, mujeres coquetas y sin embargo en esa misma coquetería resguardaban su impenetrabilidad. No eran accesibles a ningún mortal, mucho menos a un pintor, por mucho que fuera un genio para mí las bailarinas fueron más un objeto de adoración que una tentación. Una bailarina es la exquisitez de una mujer demostrando su fortaleza, diciéndonos a los hombres, pintores o no: no me puedes poseer, soy demasiado fuerte para ti, mi espalda fina, mis bellas, largas y muy bien definidas piernas no te pertenecerán, la calidez de estos muslos no formará un recuerdo en ti porque no habrá experiencia consumada, no habrá posesión. Y mejor así. Siempre creeré, hasta la última de las horas, que el artista debe consagrarse a su obra, no debe tener distracciones de ningún tipo. No debe tener esposa, no debe tener hijos. El artista inmola su corazón por su genio y su talento. Aunque a esta ciudad, a esta hija ingrata, le repugne yo soy un artista, yo conseguí ser un artista y quizá muera como tal. Un pintor no puede tener vida personal.     

     Pero un pintor puede ocuparse de los suyos, justo y como yo lo hice. Mi hermano, querido y muy encarecido hermano mío. Si pudiera hablar contigo ¿en dónde estás René? ¿Recuerdas cómo acudí en tu ayuda poco después de la muerte de papá? Con su muerte salieron a la luz todos tus negocios infructuosos, todas tus decisiones dejadas a la fuerza del azar, toda la escoria con la que habías mancillado el apellido de papá. René contrajiste deudas muy fuertes y yo, como el hermano orgulloso de su apellido como el artista que desde aquél entonces ya era acudí en tu auxilio. Tuve que vender mi casa y la colección de arte que me heredó papá, tuve que trabajar bajo encargo para volver a ganar dinero, pintando retratos, haciéndome de un nombre, si quería volver a coleccionar los trabajos de El Greco, de Delacroix, de Manet, si quería comprar el trabajo de mis contemporáneos de Gauguin y Van Gogh ¿y cómo me lo agradeces René? Con una muestra de mal gusto: muriendo antes que yo. Me dejaste solo, aún cuando sabías que yo, por ser el artista de la familia siempre estaría solo, a pesar de eso me dejaste, permitiste que la muerte te envolviera en su dulce sueño dejándome un país en guerra y una vida de ciego.

     Aunque, ahora que estoy ciego, es cuando me visualizo con mayor nitidez.

     Recuerdo esas tardes invertidas en charlar con las bailarinas, convenciéndolas para que posaran para mí. Algunas veces las invitaba al Ambassadors para tomar un café mientras escuchábamos un concierto. Mientras una de esas pequeñas se deleitaba en las voces celestiales de los intérpretes yo me desvanecía observándolas. Para mí no existió mayor erotismo que verlas ahí sentadas, sonriéndome, desprendiendo aromas de mujer joven y lociones florales, con los antebrazos desnudos ofreciéndose a mi cansada vista. A veces me permití recorrerlos con el dedo índice. Mi dedo se movía a lo largo de los antebrazos de mis dulces bailarinas. Solo se ríen porque creen que soy un loco ¡Ah! ¡En verdad nos veo! ¡Hace tanto de mis cafés en el Ambassadors! Un loco que se contentaba con muy poco: con apenas un poco de compañía y la piel limpia y sana del antebrazo de una joven mujer. Nada más. Y sí, debo admitir que estoy loco, el instinto me aconsejaba arrojarme sobre sus cuerpos, destrozar sus vestidos, poseerlas, compartir con ellas la intensidad del arte, hacer de cada orgasmo la oportunidad perfecta para idealizar sus jóvenes cuerpos. Pero me contuve, el artista supo contener al hombre.

     Alguien choca conmigo, es un hombre, huele a sudor rancio, en el aire viciado noto su miedo, viene huyendo de alguien o de algo, creo que de él mismo. Me insulta, me llama vago y luego vuelve a correr. Pobre, me dan ganas de seguirlo por el ruido de sus pasos, para consolarlo un poco, solo un poco, todo lo que a un ciego le sea posible consolar, y decirle: no huyas, no lograrás huir del miedo, haz como yo: camina, si ha de alcanzarte que te alcance caminando, es más digno, no, es dignificante. Pero ya se ha ido, ahora nunca podré darle la lección que la vida me dio a golpes de oscuridad. Finalmente nadie puede ensañarle nada a nadie, la oscuridad en la que vivo me ha mostrado que la soledad no se comparte.

     Hubo mujeres que creyeron lo contrario. Que creyeron que podían compartir mi soledad. También las hice presa de mi arte, aunque ellas me dejaron compartir sus cuerpos, tocarlos, deleitarme en sus formas, beber de sus labios para después caer rendido sobre sus pechos y escuchar el rítmico golpeteo de los corazones, a pesar de que dejaron que me adentrara en ellas las hice parte de mi obra. No eran de ningún modo frágiles como mis bailarinas pero tenían su misma fortaleza. Eran mujeres del pueblo, algunas me permitieron acercarme mientras planchaban ropa otras mientras se bañaban, esto último me gustaba todavía más que retratar a las bailarinas. Una mujer bañándose, recorriendo sin ayuda de torpes manos masculinas su propia belleza, frotándose contra paños húmedos, limpiándose el cuello y el inicio de la espalda, acicalándose el cabello. Puedo ver surgiendo de las brumas de mi mente una de mis pinturas ¡ah qué conmoción! ¡Siento cómo el corazón me palpita, tengo de nuevo frente a mí a la modelo! Me da la espalda, su larga cabellera castaña la sujeta con la mano izquierda, la mano derecha envuelta en un paño intenta frotar en una contorsión imposible el punto justo en donde nace el cuello y mueren los hombros, no alcanzo a ver su rostro, está disuelto en un fondo azul, pero no me importa, la espalda de la mujer será el tema de mi obra, tengo sus manos, tengo su cabello, el rostro no me interesa pues he logrado capturar la sensualidad del mundo sin apenas mirar sus ojos, he logrado un imposible.  

     En el arte logré un imposible y en la vida confirmé uno: cuán incompatible es la  afinidad entre arte y amor. Mis mujeres del pueblo intentaron penetrar en mi alma y yo, por obstinación, por orgullo, por el arte no lo permití.

     Cuando una mujer me confesaba su amor ¿qué sentía? Sentía la imperiosa necesidad de apartarla de mi camino, debía hacerla a un lado, si el corazón le correspondía el arte podía peligrar. Yo prefería hacerle el amor a mis pinturas, cortejar los colores en una sincronía perfecta de luz tenue e imágenes difusas, la posesión de un cuerpo femenino no era nada comparado con el clímax de saber terminada una pintura perfecta. La mujer en mis cuadros, la cadera y líneas de la espalda de mi mujer me provocaban un éxtasis arrebatador, su desnudez en la pintura era real, ajeno a la carne, idealizado y por ello mismo mucho mejor y más perfecto que el desnudo de las mujeres que posaron para mí. Al final ni las mujeres ni mi vista decadente me detuvieron en la labor creativa, solo dejé la pintura y la escultura hasta 1912 cuando demolieron mi casa en la rue Víctor Massé y me tuve que mudar al boulevard de Cliché. Esa casa que consideraba un santuario, que me había ganado palmo a palmo, que costó pinceladas y arrebatos de cincel, mi casa, mi hermosa casa con su estudio y sus salones de trabajo un día desapareció. Las paredes que vieron desfilar a hermosas modelos fueron demolidas y yo con ellas. Mi arte murió con los cimientos de mi casa.

     ¿Y qué es un pintor que ya no crea, qué es un escultor que ya no manipula la materia hasta alcanzar la forma materializada de un ideal? ¿Quién es un ciego solitario en medio de una ciudad en guerra?

     Ahora escucho cascos de caballo. Aunque el oído se me agudizó conforme perdí la vista no es un sentido que considere particularmente útil, al menos no lo es para mí ¿de qué me sirve? Solo lo uso para mantener contacto con esos fantasmas que al igual que yo poblan este país vencido. Cada tarde escucho las mismas quejas, las mismas súplicas a Dios, ¡qué ingenuos! ¡Franceses de todas las edades y de todas las condiciones! ¡País en guerra, escuchadme! Yo perdí la vista pero Dios hace mucho perdió el oído. Los ve pero no los escucha.

     Envidio la vista del Señor. Él puede ver a esos hermosos animales, a los caballos con su sensualidad golpeteando contra las calles empedradas de París. Él puede ver a toda su creación desde su lejano trono y yo, en cambio, estoy, sí, muy cerca de esas bellezas pero separado para siempre de contemplarles como lo hacía en las carreras. Me recuerdo en el hipódromo, con la luz vespertina pegando contra los jinetes montados en sus magníficos caballos. La sombra de ambos proyectada metros atrás casi tocando las tribunas desde las que yo observaba enardecido el desarrollo de las carreras. No me gustaba apostar, de hecho creo que era el único que no lo hacía pero en cambio procuraba algo más nocivo que dilapidar dinero en los caprichos de la suerte, les robaba el alma a esos jinetes y a sus monturas, los almacenaba en mi mente, o, mejor dicho, les aprisionaba para después dejarlos libres en mi pintura ¡Ah esos cascos que escucho de lejos no suenan como los cascos de mi caballos! Y podría apostar lo que me queda de vida, ahora sí apostando con gusto y con ánimos de perder, a que el jinete no se ve como mis jinetes. Esos tiempos han pasado, pero mis mujeres, mis caballos y mis jinetes han desafiado al tiempo y le sobrevivirán a su creador. Eso me complace.

      Un fino olor a agua de mar entra por mis sentidos, el corazón me late con mucha fuerza, siento cómo la sangre me sube en tropel a la cara, debo estar sonrojado. El olor a agua salada me gusta, me transporta a los cuartos de baño en los que mi pincel encontró deleite. Las mujeres ríen, su risa me contagia y yo río también, este lugar me agrada, me siento en paz. Decido detenerme, no seguiré caminando. Me siento recargándome contra esta pared, su frescura me traspasa la ropa y las femeninas risas me llevan a mis mejores días. Mi respiración disminuye poco a poco hasta que cesa por completo. Esa muchacha se aproxima a mí con suaves pasos, está desnuda, es pequeña y frágil y me sonríe como me sonreía en el Ambassadors, repentinamente cobro conciencia ¡puedo ver de nuevo y mi cuerpo es el cuerpo que tenía cuando era un joven artista descubriéndose en los salones de baile! La muchacha me toma de la mano y me lleva a la luz, es una luz tan suave y femenina como ella, una luz que me inunda de paz en tonos pastel.

 

Ger JM

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