El Club (séptimo cuento del proyecto).

La literatura erótica es una rama del “entretenimiento” de alto nivel que no podemos dejar de lado. Lean a Enrique Serna y su “Orgamógrafo”, a James Baldwin con “La habitación de Giovanni” y, claro, a Sade.

 

El Club

 

     La invitación me la hizo mi amigo el Balatas. Todavía hoy me parece bastante extraño que el Balatas haya sido admitido en un grupo en donde el glamour y la sofisticación es la nota común de sus integrantes. Mi teoría mejor lograda es que el Balatitas es la mascota del grupo. Les divierte por su simplicidad y por su terrible acento semiurbano.

    Pero yo soy cosa aparte. Un frijol de otro granero. Yo llegué, sí, gracias al Balatas pero estoy seguro, porque uno debe volverse prepotente y soberbio para este tipo de asuntos, que desde que el club fue fundado hace ya no sé cuántas décadas yo estaba predestinado a ser uno de sus más asiduos miembros.

    Eso último es particularmente cierto.

 

     – ¡La puta que te parió! ¿Qué estás haciendo?

     Conocí al Balatas en la universidad. Mientras yo cursaba una licenciatura en administración, que trunqué justo a un semestre de terminarla, él estudiaba becado en la facultad de ingeniería una de esas carreras que te garantizan el mejor de los éxitos para aislarte socialmente a donde quiera que vayas; una profesión relacionada con la ciencia en su estado puro: académico de escritorio, profesor de aula, docente mal pagado y, lo que es peor, terriblemente vestido; es decir el Balatas se desvivía por lograr el titulo de ingeniero en matemáticas. En aquel entonces no entendía porqué una persona, en su más tierna juventud, puede atentar de ese modo contra su futuro ¿qué le podía esperar al Balatas salvo terminar como maestrito rural o, peor, como uno de esos estudiantes eternos que viven de las becas y se las gastan cursando postgrado tras postgrado sin llegar a ningún final interesante? Pero aunque ya de adolescente se le notaba a distancia la percha de perdedor siempre me cayó de lo mejor. Yo también soy un fracasado, se entiende, pero por lo menos mi circunstancia socioeconómica me permite exhibir mi condición sin causar en mis mejillas el menor sonrojo. Provengo de una familia de clase alta, mi padre heredó de su padre y éste a su vez del suyo abundantes terrenos en lo que hoy reconocemos como Santa Fe y en las zonas ricas de Huixquilucan. Hace menos de treinta años esas tierras no valían mucho pero hoy, gracias a los gobernantes omnisapientes de mi país y su afán de extender la zona metropolitana de la Ciudad de México hacia la periferia, soy lo suficientemente rico para morirme dos veces y no acabarme mi herencia en la aventura. Lástima que a mi abuelo no le tocó el boom inmobiliario, a mi papá lo alcanzó ya maduro y a mí me tocó desde que nací. Buena estrella dice mi madre, a mi me suena bastante imbécil eso de la estrellita puñetera pero no por ello dejo de sonreír cada vez que pago con mis tarjetas en cualquier establecimiento de altos vuelos.

     Pero estaba hablando de mi casi hermano el Balatas.

     Decía que no entendía porqué un joven inteligente, y silvestre a la par, elige sepultarse entre las ciencias exactas solo porque tiene que estudiar algo. Después de mucho meditarlo comprendí que el Balatas sabía que llegaría el momento en que ser estudioso y vestirse de la mierda estaría de moda. Su momento le llegó: a las mujeres les gusta saber que platican con un científico, a los hombres les agrada tener amigos inteligentes y él disfruta haciéndose pasar por nerd, porque, aunque reconozco que es brillante, no por ello dejo de decirle que habla como habitante del barrio más paupérrimo de la nación, que su dicción es nefasta y que en definitiva carece de nociones básicas de buen gusto. Él lo atribuye a su familia: el noveno de once hermanos que habitaban una choza de tres cuartos en Cuautepec barrio alto. Yo no creo que su familia en verdad tenga algo que ver, pienso que no desea perder el estilo de naco citadino, al final es su sello distintivo.

     – No jodas que ya casi termino.

     Cada año viajo a una playa del caribe internacional o de las humildes costas mexicanas acompañado de uno o dos de mis amigos pobres, es una forma de distribuir la riqueza, opino, y al mismo tiempo me permite conocer la opinión de la gente normal para que yo no pierda el piso. En aquélla ocasión en que sorprendí al Balatas masturbándose en el balcón mientras veía el atardecer estábamos en Puerto Vallarta y yo decidí compartir habitación con él solo para demostrarle que en verdad lo considero mi amigo.      

     – ¡Carajo amigo! ¿No podías hacerte la paja en el baño como la gente normal? ¿Tenía que ver cómo te la jalas, y te la ensalivas?

    – Solo un poco más y termino, espera, espera – A mí no me gustan los hombres, quiero comentárselos solo por si en su torrente sanguíneo circula algún gen homofóbico que les impida seguir leyendo esta historia; pero debo admitir que no podía quitar los ojos de su verga. Definitivamente los científicos esconden mucho detrás de sus horrorosos atuendos y el Balatas no era la excepción – ¡Ahhh! ¡Ya! ¡Oh, qué rico!

     – Amigo es la primera vez que veo en vivo y en directo, demasiado directo recalcaría, la eyaculación de otro hombre. En verdad es asqueroso ¿qué nos verán las mujeres?

     – Lo mismo que tú no podías dejar de verme Johny – Ahora describiré al Balatas, en el momento en que esta historia transcurre tiene treinta años, es, como lo predije, un profesor de preparatoria y es atractivo en un sentido del todo rural: cuerpo delgado sin mucho músculo, moreno con fuertes rasgos indígenas y sonrisa blanca. Rostro uniforme y por ello mismo ni feo ni guapo. Una nulidad estética para acabar pronto. Pero muy bien dotado, lo admito con envidia.

     – Pues es que no todos los días descubres a tu amigo haciéndose una chaqueta ¡Y qué bueno porque es bastante traumático! Ahora cada vez que te vea solo pensaré que te gusta la manuela.

    – ¿Y a ti no?

     – Sí pero no acostumbro masturbarme en los balcones de los hoteles gran turismo ¿te excita la posibilidad de que alguien vaya pasando y te vea desnudo?

    –  Sí, pero me calienta más que alguien entre y me vea jalándomela.

    – ¡Qué prosaico! Como todo lo que tú eres. Pues bueno, al menos me alegra haber contribuido a que alcanzaras la plenitud de un orgasmo con mi sola presencia pasiva. Ahora báñate y ponte algo decente porque vamos a salir de antro.

     – ¿De veras no te gustó verme así?

     – Amigo no soy puto y creo que tú tampoco ¿o sí eres? Digo qué bien por ti, pero definitivamente no me interesa tocar a otro hombre y mucho menos que me toque.

    – Nadie dijo nada de tocar.

     – Ya, déjate de mariconerías que quiero escuchar música y ponerme una guarapeta.

     Esa noche salimos solo los dos. Yo no tenía muchas ganas de salir de cacería, en realidad estaba bastante asqueado por lo de la chaqueta del Balatas, así que puede decirse que aquélla noche mi dotación diaria de sexo estaba bien cubierta. Decidí que deberíamos ir a un antro en donde no pusieran objeciones por los rasgos raciales de mi amigo. Dígase lo que se diga mi país es por completo racista, y como no me interesa cambiar el planeta sino tan solo disfrutar mi paso por este valle de mundanidad me lo llevé al Señor Frogs y ahí bebimos, vimos mujeres, insultamos a unos tipos que estaban sentados en la mesa de a lado y regresamos al hotel hasta muy avanzada la mañana del siguiente día. El resto del viaje transcurrió más o menos igual.

    Ya en el aeropuerto de la Ciudad de Mexico, mientras el Balatas hacía unas llamadas para que algún familiar fuera a por él y yo me bebía un Starbucks frío volví a pensar en la palanca de mi amigo.

     – Balatas te digo algo: no puedo dejar de pensar en tu pene, y eso me molesta.

     – No es para tanto, no le des más vueltas.

     – Es que no entiendo, a mí no me gustan los cabrones.

     – Johny ya están esperándome en el estacionamiento ¿quieres que te lleve o va a venir por ti uno de tus empleados?

     – No, yo me quedo.

     – Bueno, gracias por el viaje y perdón si te molesté.

     – Balatas: quiero volver a verte mientras te pajeas.

    – Eso sí es nuevo…mira mejor luego platicamos te tengo algo más interesante.

 

     El Balatas me visitó en mi departamento tres semanas después. Me molesta mucho que la gente llegue sin avisarte ¡qué tal si estaba con una chica en plena acción y él viene a interrumpir! Afortunadamente ¿o infortunadamente? Estaba solo, viendo la nueva temporada de Roma en HBO y comiendo palomitas de microondas bañadas en caramelo; después de tantas calorías tendría que salir a correr por lo menos un par de horas pero una serie de HBO bien lo vale.

     – ¡Hola! Perdón por venir sin avisar.

     – Te perdono, ahora pasa y cállate que estoy viendo la tele.

     – ¿Qué estás viendo?

     – Que te calles.

    Después de una hora y con el mal humor a flote porque mi amigo además de haber perturbado mi descanso se comió más de la mitad de las palomitas decidí dejarlo libre para que empezara a hablar. Es muy peligroso darle rienda suelta a los amigos para que te platiquen lo que ellos quieran, de principio si llegan sin anunciarse es porque tienen algo qué decirte y el no ponerles trabas a sus discursos podría arruinar la amistad. Pero decidí correr el riesgo ¡total! ¡Es el Balatas y por añadidura es un científico! ¿Qué daño puede ocasionar un científico en la era moderna? Sin presupuesto gubernamental de por medio absolutamente ninguno.

– ¿Qué pasó Balatitas? ¿A qué debo tu sorpresiva visita?

– ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el aeropuerto?

     – Sí, pero ya no creo que Mónica Belluci sea tan guapa, esta semana me gusta más Angelina Jolie.       

     – No, eso no. Lo de que no podías dejar de pensar en mi… en mi miembro.

    – Ah, ya. Pues al otro día se me olvidó y para serte sincero no había pensado en eso desde entonces. A lo mejor estaba en mis cinco minutos de mariconeo diarios pero créeme hoy me provocas el habitual asco, ya estoy bien.

    – ¿Has oído hablar de los clubes exhibicionistas Johny?

     – He leído sobre ellos en Internet. Son grupos compuestos por exhibicionistas que obtienen placer sexual por el solo hecho de ser observados mientras tienen relaciones con otras personas ¿no?

     – Sí, es una variedad. Pero también los hay de personas que mientras se masturban les gusta ser observados.

     – Como tú. Un club de puros Balatas ¡qué horror! ¿Eso es legal? Digo, uno como tú ya es mucho pero ¡todo un grupo! ¿No es un atentado contra la humanidad?

     – No seas imbécil. Bueno, yo formo parte de uno de esos grupos ¿te gustaría entrar?

     ¿Me gustaría entrar? No pude concentrarme en la pregunta, sencillamente estaba un poco sorprendido ¡el Balatas tenía amigos! ¿Qué significaba aquello? Todo lo que supuse sobre él y sobre otras personas como él era totalmente falso. Es perturbante descubrir que el mundo no gira a tu rededor ¡de quién fue la idea de permitir que otros puntos de vista fueran tan válidos como el mío! Es definitivo: aborrezco las sorpresas.

     – ¿Tienes otros amigos Balatas? ¡Guau! Eso sí no me lo esperaba ¿qué sigue? ¿Por las noches eres un gigoló o trabajas para el gobierno iraní en el desarrollo de armamento nuclear?

– ¿Cómo puedes ser tan tarado sin sentirte mal?

     – No lo sé Balatitas, solo soy.

     – ¡Pues claro que tengo otros amigos! No pensarás que soy un adulto tan aburrido como para solo tenerte a ti en mi círculo social.

     – ¡Auch! Eso dolió. Balatas no es para tanto no te enojes, aprende a mí, aunque me molesta lo imprevisto lo asimilo rápidamente ¡lo ves! Ya no me importa que seas más popular de lo que te suponía.

     – No me has contestado ¿quieres o no entrar?

     – Sí, sí quiero pero solo si me prometes que no está lleno de maricas ¿hay mujeres?

     – Sí y muy guapas. 

     – Bueno, cerrado, ahora acompáñame por las chelas porque no hay nada en el refrigerador.

 

     Las instalaciones del club están justo detrás del Carl´s junior. No les diré de qué parte de la ciudad, este club no necesita de ninguna clase de promoción dado que sus integrantes acceden por invitación directa. Me resultó molesto que una casa tan distinguida y tan bien decorada tuviera por vecino a un restaurante de hamburguesas ¡es que la globalización no respeta ni los barrios de abolengo!

     Al llegar un valet parking tomó mi Beetle. En la puerta esperaban algunas mujeres y también un par de señores, todos muy atractivos e impecablemente vestidos. Yo no cuidé mucho de mi aspecto, de hecho iba con unos jeans de Diesel y una playera sin mangas de Calvin; el Balatas iba… bueno el Balatas iba como siempre pero me sentí mal por no vestirme con mayor ahínco.

     – ¿Por qué no me dijiste que era con ropa formal?

     – Ay bájale, estamos bien así. De todas maneras el objetivo es quitarse la ropa.

     Empecé a charlar con las mujeres. Además de hermosas podían sostener una conversación interesante sin caer en tópicos vulgares, de inmediato me percaté, conforme iban llegando los invitados y la pasarela de automóviles continuaba, que todos provenían de estatus sociales altos. Me sentí a gusto, estar rodeado por personas que no hacen nada salvo ocuparse de su apariencia y de su comodidad en el mundo te hace sentir bien a menos que estés resentido con la vida. Y yo no lo estaba en especial porque me dedicaba a lo mismo, el Balatas no tenía mucho qué hacer ahí pero tampoco se veía incómodo. Después de una media hora el que parecía el anfitrión nos invitó a pasar a su casa.

     Los muebles y los detalles del decorado seguían tendencias minimalistas. El buen gusto y los espacios abiertos y bien iluminados caracterizaban las estancias. Pasamos al patio en el que se instalaron capillas como si se tratase de un cóctel empresarial. Los meseros comenzaron a deambular con las charolas por todos los rincones. No me gustaron mucho los bocadillos pero la bebida lo compensó, sirvieron cócteles de vino espumoso y tequila añejo. Hasta ahí todo iba como si me encontrara en un almuerzo organizado para presentar un libro hasta que el Balatas se me acercó para presentarme a una bella señora.

     – Señora, le presento a mi amigo Johny.

     – Alejandro me dijo que eras un esnob petulante pero a mi me pareces un muchacho muy simpático Johny – Alejandro, el nombre de pila de mi estimado Balatas. Después de tantos años llamándole por su apodo a penas si podía recordar su verdadero nombre. No se me puede culpar ¡Alejandro! Es demasiado común como para esforzarse y querer recordarlo.

     – Soy ambas cosas señora. Gracias por invitarme a su reunión por cierto si no lo considera atrevido creo que luce hermosa.

    – ¡Pero mi vida cómo lo voy a considerar atrevido! En unos minutos me verás acariciándome el clítoris ¡Y voy a considerar atrevido que me digas que me veo hermosa!

    – Poniéndolo así debí aprovechar la oportunidad para decir algo más atrevido.

    – Lo sé mi vida, uno siempre se arrepiente de las primeras palabras soltadas en sociedad. Es natural no sufras en exceso – era una mujer morena con los hombros al desnudo y vestida con un atuendo tan corto que se antojaba incompleto, pero en una mujer mientras más quede a la vista mayor es el misterio, es una de las paradojas de la vida.

    – ¿Usted frecuenta mucho este lugar señora?

    – Llámame Mary. Sí, es inevitable considerando que mi esposo es el anfitrión y yo vivo aquí. Pero supongo que no te referías a la casa sino al club ¿cierto? El club existe desde antes de que tú nacieras, es más, existe desde antes de que casi todos los que estamos aquí existiéramos. Es una masonería muy antigua salvo que carece de grandes propósitos y no conjura a favor o en contra de nadie, solo busca que sus integrantes se diviertan y ya – Mary jugaba con el tallo de la copa para vino, lo acariciaba con la punta de sus finos dedos.

     – Pues le agradezco que me permitan entrar a su distinguido grupo, espero no decepcionarles.

     – Mientras te guste ver y no tocar claro que no has de decepcionarnos.

     ¿Sin tocar? No pude dejar de ver al Balatas como interrogándolo ¿Me trajiste a un sitio en donde no se puede tocar? Pero el Balatas solo tenía ojos para Mary, mi escandalizado estado de ánimo no parecía importarle mucho.

– Bueno queridos, los dejo, no debo descuidar mi papel de anfitriona más tarde nos vemos.

– Ha sigo un gusto conocerla Mary, fue un deleite.

     – Deja de halagarme amor. Es muy sencillo halagar a una persona en público dado que sus defectos saltan a la vista; es casi tan fácil como insultar a otro en privado debido a que sus virtudes se ocultan del mundo.

    Dicho lo cual se fue sin mirarme más.

    – ¿Cómo que no podemos tocar?

    – No, no se puede, está prohibido: esto es un club voyeurista Johny. Todo el gusto descansa en la vista.

    – Balatas tú no eres normal ¡y esta gente tampoco! ¿Qué se supone que haga si termino excitado y no puedo complacerme con ninguna de estas mujeres?

     – Una chaqueta.

     Lo dijo tan serio que terminé por creerle. En algún lugar de mi cabeza seguía pululando la teoría de que este era un lupanar de lujo pero no, este era, ni más ni menos, el club de los manuelitos.  

     Repentinamente sonó una campanilla.

    – Es la señal, debemos elegir una de las habitaciones y permanecer ahí hasta que nos fastidiemos – me dijo el Balatas –; es muy importante que escojas bien pues no está permitido salir de ningún cuarto a menos de que sea para ir a tu casa.

    – ¿Además de que no voy a poder tocar a ninguna de estas mujeres y que me tendré que contentar con verlas desnudas no podré verlas a todas? ¡Además de raros son pendejos!

    – Deja de joder y vamos.

     En la casona se acondicionaron siete habitaciones para el uso de los invitados. Yo observé desde el canto de la puerta de cada una las características del montaje, como bien dijo el Balatas no podía entrar a menos de que estuviera seguro que ahí quería permanecer un muy buen rato.

     En la primera se montó una pantalla de plasma gigante en donde se proyectaba pornografía. Los asistentes tomaban asiento en sillas dispuestas frente al monitor, dejando previamente toda su ropa en perchas colocadas a cada costado de los asientos para que no bloquearan la vista del espectador de la fila inmediata anterior. No le encontré mucha gracia a este cuarto, de hecho me parecía bastante estúpido que teniendo a personas desnudas rodeándote encontrarás satisfacción sexual en una vulgar película tres equis. Las personas no volteaban a verse entre sí, solo clavaban la vista al frente y de ahí ya no salían. Era como una cabina gigante de una sexshop salvo por el detalle de que aquí no había semen derramado por todo el piso.        

     Luego estaba el cuarto de los strippers y las bailarinas. No es que se contrataran bailarines profesionales para deleite de la concurrencia sino que los mismos invitados se desnudaban al ritmo de algún remix de una canción pop. En medio de la habitación se dispuso un tubo de acero y al fondo estaba un DJ con todo su equipo amenizando el ambiente, por supuesto, el DJ estaba tan desnudo como los otros invitados. Se veía divertido pero yo no sé bailar, es más, no puedo dar dos saltos consecutivamente sin sentir que la cabeza se me desprende además estas personas se excitan más con la música y las contorsiones de su propio cuerpo que con la desnudez de sus amigos, no, en definitiva esta no era mi habitación.  

     El tercer cuarto era la cocina. Hasta la puerta llegaba un agradable olor a vino y harina horneada. Se trataba de los exhibicionistas con pretensiones culinarias. Hombres vestidos solo con un gorro de chef y mujeres vistiendo solo un minúsculo delantal de mayora, batiendo cuencos repletos de harina y huevo ¡qué excitante! Comida y sexo, excelente combinación, lo mejor era cuando una bella dama se inclinaba para recoger una cuchara o para meter un molde al horno ¡qué vista! Pero tampoco quise quedarme, sospeché que parte de los fluidos de los asistentes terminarían en los platillos que cocinaban, demasiado escatológico para mí.

     La siguiente habitación era un cuarto repleto de pelotas. Bueno, creo que todos los cuartos estaban repletos de pelotas pero lo que quise decir es que en éste se instaló una alberca llena de pelotas de goma, como el área de juegos de cualquier Mac Donald´s más o menos pero a lo grande y sin niños gritando ni padres histéricos con rostros tristes. Aquí todos se divertían, se arrojaban pelotas y se arrojaban entre sí. Debo confesar que se me antojó aventar mis choninos al aire y unírmeles en el juego pero luego descubrí que había más hombres que mujeres y ya no me gustó la cosa. No me gustan tanto las pelotas.

     La quinta habitación era un taller de soldadura ¡Vaya que el fetichismo y la vista se llevan bien! Al fondo del cuarto se dispuso un mostrador con vitrinas que exhibían barras de acero, soleras de aluminio y otros pedazos de metal que no tengo la menor idea de cómo se llaman. El piso estaba sucio, con manchas de estaño fundido y las paredes tenían grasa para cautín. Aquí también había más hombres que mujeres, de hecho era la subdivisión del club que agrupaba a los fisicoculturistas. Sentí un gran impulso por entrar, las pocas mujeres que se paseaban por el cuarto tenían unas tetas y unas nalgas dignas de la más cara revista porno pero decidí no hacerlo; mi cuerpo nunca podría competir con estas personas, digamos que lo que me resta de amor propio impidió mi ingreso.

    En la sexta encontré las planchas de lodo. Una plataforma como de diez metros cuadrados y un metro de profundidad atascada de lodo hacía de piscina improvisada. Las personas se sumergían hasta que el lodo les alcanzaba la cintura para después salir y dejar que la mezcla de tierra y agua se secara; parecía como si un pantalón de manta caqui les cubriera. Una vez con su pantalón adherido a piernas, trasero y sexo los asistentes montaban una pasarela por los bordes de la piscina; la gente se masturbaba solo con el estímulo visual de torsos descubiertos. Muy interesante, del todo diferente pero demasiado elaborado para mí, además, yo prefiero los desnudos convencionales: los disfraces no me estimulan lo suficiente.

     No supe en cuál de todas las habitaciones se quedó mi amigo; sospecho que con los cocineros dada su natural inclinación por la comida basura pero yo definitivamente me quedé en la séptima, como decía mi abuelo: no hay séptimo malo.     

      En la última habitación el decorado no era tan interesante como en los otros cuartos. Las paredes habían sido pintadas de azul claro y el techo era totalmente blanco al igual que el piso. Al centro se acomodaron ocho sillas formando un círculo que a su vez estaba rodeado por treinta y dos asientos también en formación circular. Las personas, por si no quedó claro a esta altura de la narración lo vuelvo a repetir: completamente desnudas, paseaban platicando unas con otras hasta que Mary, quien para mi deleite era también la coordinadora en esta sección del club, dio la señal para que todos tomaran asiento.

     Las mujeres, ocho exactamente, ocuparon las sillas del círculo interior; los hombres, que conmigo sumaban treinta y dos, ocupamos los asientos del círculo excéntrico.

     Todo consistía en masturbarse por efecto del estímulo de una mujer bella sentada frente a ti haciendo lo mismo.

   Al principio me tocó quedar frente a una pelirroja bizca, tenía muy buenas teclas y su sexo era de agasajo pero sus ojos chuecos me bajaban la erección, aunque, a los tres hombres que también quedaban frente de ella no parecía afectarles en lo mínimo. En ese momento sentí un poco de vergüenza, no por el hecho de compartir mi desnudez con un grupo de desconocidos, espero que ya se haya entendido que el pudor no forma parte de mi intrincada personalidad, sino porque mientras los otros hombres gozaban cual simios en celo yo apenas si podía concentrarme lo suficiente para mantenerme relajado, o, siendo más específico, para mantener la cosa rígida.

    De repente se escuchó la voz de Mary anunciando cambio de lugares, todos tuvimos que recorrernos cuatro posiciones en sentido de las manecillas del reloj. Para mi fortuna quedé frente de Mary.

     Mary es una diosa.

    Sus senos, rellenitos como frutas de temporada; sus piernas, torneadas y lujuriosas; su cadera, ajustada, comprimida, destilando aromas picositos; su cuello, con unas gotitas de sudor que se antojaba lamer; su bello rostro, terso, malévolo, cínico y claro; el sexo, el exquisito sexo… tan cerca y tan lejos de su sexo.

     No pude más, me vine. Y ahí terminó todo.

     – Querido veo con alegría que disfrutaste de todo lo que viste pero, por si no te lo comentó Alejandro lo hago yo, otra de nuestras reglas dice que cuando logres terminar debes retirarte.

    – ¿Tan rápido? Pero… yo… apenas…

    – Querido no te aflijas, nos reunimos cada mes y esta regla nos permite evitar la saturación que tan perjudicial resulta al goce. Te espero para la próxima.

 

     No he faltado a ninguna de las convocatorias, ya pasé por todas las habitaciones e incluso he asistido a fiestas ocasionales ofrecidas en otras sedes en diferentes partes del país y del extranjero; el mes siguiente yo seré el anfitrión y el que sigue a éste lo será el Balatas.

     Pienso que, al igual que el Balatitas, yo también creo que de la vista nace el amor.

 

Ger JM  

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