Sexto cuento del proyecto; Oración Desde Alabama.

     La lucha por los derechos civiles en los diferentes países del bloque occidental antes de la caída del comunismo reviste historias en verdad apasionantes; muchas mujeres y hombres de valía dieron su vida para que el mundo que hoy nosotros vivimos fuera un poco más justo. Este cuento es un homenaje, del todo insuficiente, a la gran dama Rosa Parks, a don Martin Luther King y al presidente Kennedy.

Oración Desde Alabama.

Montgomery, Alabama Estados Unidos.

Querida Johnnie Carr:

 

     Ha pasado tanto tiempo y tantos acontecimientos desde aquélla tarde en el autobús. Solo de pensar en que algo que me pareció una forma de defender mi propia dignidad desencadenaría tal magnitud de hechos no solo en Montgomery sino en el país y el mundo entero en verdad que me dan calosfríos.

     La jornada en la fábrica de costura terminó como cualquier otro día salvo por el hecho de que cuando llegué a la puerta principal recordé que había dejado en mi estación de trabajo un par de listones rojos que mi sobrina me encargó, ya sabes como son las niñas de hoy, ¡tan vanidosas, cuidando exageradamente de los detalles y adornos del cabello! Así que reprochándome mi propia falta regresé no sin despedirme de las compañeras, Perdonen, olvidé algo, no se preocupen adelántense no quiero entretenerlas, así que se fueron a la parada del autobús dejándome para arreglar mi descuido. Mi estación está bastante alejada de la entrada de la fábrica, caminando se llega en veinte minutos, al interior de la misma no encontré a nadie excepto a uno de los supervisores blancos que ni siquiera se dignó mirarme y ya no se diga saludarme; por supuesto no me importó, las compañeras y yo estábamos más que acostumbradas a su trato indiferente, por lo menos no nos insultaba, lo cual ya es de agradecer, así que seguí caminando, tomé los listones y desande camino hasta regresar a la puerta de la empresa. Ya no había nadie por lo que me dirigí sola a la parada del autobús.

     Como el autobús de las seis ya había pasado tuve que esperar casi treinta minutos a que llegara el siguiente. Recuerdo que yo solo tenía ojos para el rojo brillante de los listones, eran muy bellos y me costó bastante confeccionarlos en especial por los adornos en forma de flor de lis en color crema que remataban los extremos, mi sobrina me los pidió especialmente bordados por mí, la pequeña, no se los pude negar; me quedé sin hora de comida solo para poder terminarlos y para no privarme de la enorme sonrisa que ella seguramente me dedicaría una vez que los viera. Estaba contenta, muy hambrienta y agotada en extremo, pero contenta. Mi pequeña vale cien, mil, todos los listones bordados del mundo y no sería su tía quien por tener hambre o estar cansada habría de negárselos. Entre ensoñaciones y planes de cómo arreglarle su cabellera llegó el autobús.

     No entiendo cómo una persona puede mantenerse indiferente al saludo de otra. Yo me sentiría francamente incómoda si ante el saludo de alguien que me desagradara fingiera que no lo escuché solo para no dirigirle la palabra. El conductor del autobús fingió que no me escuchó, es más, parecía epidemia porque ningún chofer jamás tuvo la cortesía de regresarme el saludo, por supuesto que nunca dejé de desearles un buen día o una buena tarde, todo dependía de la hora. El hecho de que las personas provengan de familias que no les inculcaron nociones básicas de civilidad no significa que yo tenga que comportarme con las mismas groserías. Así que pasé de largo, después de desearle una bonita tarde, y me acomodé en uno de los asientos libres.

    El trayecto pasó sin pena ni gloria, excepto porque mi estómago ya me estaba reclamando ¡y vaya de qué forma! El autobús se detenía a ratos para que bajaran y subieran los pasajeros. En un momento dado todos los asientos estaban ocupados y en la siguiente parada subió un hombre blanco, como de unos cuarenta años, con cara de pocos amigos. Pagó su pasaje e inmediatamente se colocó frente de mí, Quítate negra, ¿Quítate negra? ¡Vaya forma de decirlo! Por supuesto que soy una mujer de color, está claro que lo sé y desde hace mucho, pero la forma en que lo dijo, el desdén impregnando en la voz y la soberbia de su mirada me dijeron de golpe que ese hombre me odiaba solo por ser afroamericana. Por el hecho de ser una persona de color estaba obligada a cederle el asiento, así lo decía la ley y por un momento estuve a punto de acatarla, total, era una ley racista y nos hacía sentir ciudadanos de segunda hasta en los autobuses, pero esto es el sur de los Estados Unidos y las cosas difícilmente cambiarían ¿o no? Por un momento lo dudé, por un momento, quizá porque estaba hambrienta, quizá porque no me agradó el tono de su orden, quizá porque no entendía porqué tenía que cederle el asiento a una persona sana, descortés pero sana, o quizá porque estaba harta del segregacionismo del sur del país, por un momento dude en que las cosas difícilmente cambian, las cosas sí cambian y yo podía contribuir para que el cambio se diera, No señor, yo también pagué mi boleto y no me levantaré, Negra estúpida levántate, No me ofenda, no soy estúpida, entendí perfectamente que desea este asiento pero no voy a levantarme así que le pido me deje en paz. Tuve miedo, el resto de los pasajeros, casi todos blancos, empezaron a insultarme a pulmón tendido, me acusaban de igualada, me acusaban de loca, me decían que la ley era la ley y que debía obedecerla. El corazón empezó a latirme con fuerza, sentía un cosquilleó en los ojos, estaba a punto de llorar pero logré sacar fuerzas de mi flaqueza y me mantuve firme y seria, con la mirada al frente y sin mostrar perturbación. No me levanté, no me levanté Johnnie, todavía hoy sigo pensando en cómo algo tan insignificante detonó tantos problemas.

     El conductor detuvo el autobús y llamó a la policía. En la ciudad hay crimen y dolor, hambre y penurias pero la policía encontraba tiempo, en la que yo supondría una agenda bastante saturada, para enviar a un par de agentes a detener a una costurera negra que cometió la afrenta de no cederle el asiento a un hombre blanco, Señora Rosa Parks queda usted detenida por no obedecer la ley Jim Craw, Está bien oficial, lo entiendo y enfrentaré mi responsabilidad.

     La noticia de mi detención corrió como la pólvora. Pólvora de mediados de siglo ¿Recuerdas la fecha Johnnie? Siempre has tenido una excelente memoria, al menos mucho mejor que la mía, pero ese día no podré olvidarlo, era el primero de diciembre de 1955. No pasó más de un par de horas cuando los compañeros de la Asociación Nacional para el Avance de los Pueblos de Color se enteraron de mi desobediencia civil ¿puedo confesarte algo amiga? En realidad yo supuse que los compañeros se enojarían conmigo, era un hecho que peleábamos contra la segregación pero siempre fuimos una sociedad progresista, no creíamos, al menos no con mucho ahínco, en los cambios drásticos y definitivamente siempre hemos estado en contra de la violencia por lo que me esperaba un regaño de su parte ¿porqué desobedecí? No debí desobedecer la ley por muy tonta que ésta fuera. Pero los compañeros no me regañaron, al contrario, me felicitaron y usaron mi iniciativa como la punta de lanza para organizar protestas pacíficas contra la segregación en los autobuses.

     Fueron días intensos, el pastor Martin Luther King de la iglesia bautista y tú organizaron un boicot contra las líneas de autobuses. Al principio solo pedíamos que la segregación en los autobuses disminuyera pero de un momento a otro nos percatamos que no bastaba con atenuar el racismo sino que debía ser erradicado por completo, no solo en Montgomery o en Alabama sino en todo el país; que se arrancara de raíz en todo el mundo.

     Pero no sería sencillo.

     En aquel entonces al doctor King no se le conocía mucho. Era un hombre respetado en la ciudad por su gran cultura, nobleza y por dirigir la comunidad local bautista pero más allá de los límites de Montgomery casi nadie había escuchado de él. Sus grandes ojos marrones y la simetría de su rostro hacían que aunque no lo conocieras te sintieras en confianza de platicarle tus problemas y encontrar consuelo en su consejo. Su voz, enérgica como la tienen los predicadores, y su tolerancia, como la tienen los verdaderos líderes, lograron que nuestra pequeña insubordinación adquiriera repentinamente tintes nacionales y, al poco rato, internacionales. El boicot consistió fundamentalmente en obligar a la administración de las rutas de autobuses a eliminar toda discriminación para con nosotros y lo haríamos con una estrategia contundente por sencilla: no usaríamos más el autobús hasta que modificaran el trato que nos procuraban. Nuestras acciones repercutieron enormemente, otra vez se repetía la historia, o mejor dicho la historia continuaba: pequeñas acciones desencadenaban grandes consecuencias. Las utilidades de las compañías de autobuses disminuyeron drásticamente, las ventas de los negocios del centro de la ciudad eran casi nulas y el país empezaba a solidarizarse con nosotros, no solo los afroamericanos, también muchas personas blancas e incluso importantes miembros del gobierno federal como los Kennedy. Pero también estaba el odio. El odio de las personas que no soportaban a la otredad, de aquéllos empeñados en que su burbuja quedara sellada y tan compacta como su deseo de compartir el mundo. Personas que veían en los reflejos de la diversidad un desafío abierto a las sombras de sus prejuicios. Nos atacaron. Se organizaban en grupos de encapuchados e incendiaban nuestras iglesias, nuestras casas y también los automóviles que tú, Johnnie, coordinaste para que se usaran como transporte público mientras el boicot alcanzaba su propósito. Atacaron incluso la casa del doctor King ¡en qué cabeza cabe semejante idea! ¡Cómo se les ocurrió atacar el hogar de un hombre que defendía los derechos de los suyos siguiendo los principios de la no violencia! Y a pesar de estas provocaciones no claudicamos, seguimos sin usar el transporte público, sin comprar mercancía suntuosa en los comercios de la ciudad, y a pesar de que muchas veces fuimos agredidos, vituperados e incluso algunos de nosotros fuimos asesinados, a pesar de ello no levantamos un solo dedo para corresponder con el mismo pago a nuestros detractores. Soportamos y lo hicimos bien. El doctor King fue arrestado por orden del gobernador durante la campaña y esto solo sirvió para publicitar nuestra causa. En las casas de los estadounidenses en cada rincón del país solo se preguntaban: ¿cómo pueden encarcelar a un hombre como él? ¿Qué ha hecho? No ha hecho nada, ni siquiera se defiende del modo en que sus enemigos quieren que se defienda, solo desea el bien para los suyos y para todos ¿porqué habríamos de permitirlo? Y gracias a ese clamor popular, gracias a la calidad moral del doctor King y a la congruencia y continuidad de nuestro movimiento la Suprema Corte de Justicia ordenó la separación de las rutas de autobuses entre los estados obligando por decreto a todas las administradoras a erradicar cualquier rastro de discriminación pues esta conducta racista iba en contra de la constitución de Estados Unidos. Había transcurrido un año desde que el boicot se iniciara, no solo logramos, gracias a la tenacidad de cientos de miles de personas de color y también de muchos amigos blancos y de otras razas, un cambio de rumbo en el servicio de transporte público sino que también habíamos cimbrado a la nación entera, logramos poner sobre la mesa del debate público dos importantes preguntas: ¿hay clases de personas? ¿El color de la piel debe determinar el acceso a los derechos humanos? Todavía resuenan en mis cansados oídos tus respuestas Johnnie, Sabes Rosita me encantaría poder estar en casa, tranquila con mi familia, disfrutando de las tardes del fin de semana y con un vaso de limonada fría congelándome las manos, en verdad que me gustaría tener una vida tranquila alejada de reflectores y manifestaciones y discursos mal logrados, Yo quisiera lo mismo Johnnie, yo solo era una costurera antes de que todo esto pasara, Sí, una costurera por lo demás bastante buena déjame que te lo diga, pero, no me desvío, ¿Qué pasa?, Rosita no puedo tener tardes tranquilas de domingo pensando que cuando los pequeños pisen la calle serán considerados personas de segunda, que por el solo hecho de que su piel es obscura serán maltratados y relegados del mundo civil, no puedo estar tranquila pensando que en su país no existen garantías para asegurar su futuro, su crecimiento, la libertad de vivir su vida, Sí, lo sé, Quiero un mundo distinto y tú y yo, Rosita, podemos contribuir a lograrlo.

     Me han explicado que las luces brillantes que adornan el cielo por la noche son enormes estrellas que se ubican a millones de años luz, su luminosidad llega a nosotros después de haber recorrido gran parte del universo. Parecen brillantes diseminados sobre una sábana negra. Para que su luz llegue tan lejos deben ser enormes, deben ser grandes bolas incandescentes apenas imaginables. Pero incluso esos grandes titanes del universo, con todo su fuego y gran luz, nacieron hace mucho de entre cúmulos de polvo, alguna vez fueron tan pequeñas como la punta de un alfiler y se fueron expandiendo hasta alcanzar su actual magnificencia. Las personas hemos aprendido poco a poco, sumando granito a granito, que el mundo es uno y todos debemos compartirlo. Somos muy distintos y no siempre nos gustamos, pero eso no es motivo suficiente para negar la existencia de los otros porque los otros también están aquí. Piedrita por piedrita llegaremos a construir una gran civilización ¿cuánto tiempo tomará? Quizá pasen muchas generaciones y muchas otras cartas sean escritas pero las estrellas fueron pacientes al crecer, nosotros, humildes mortales, podemos imitar su ejemplo.    

     El doctor King continúo su lucha y tú y yo y muchos más le acompañamos hombro con hombro. Se trataba de combatir el racismo y buscar la promulgación de leyes federales que permitieran la igualdad palpable y a nivel del piso de todos los ciudadanos, era política en un sentido bastante común, pensarían las generaciones de hoy, pero en aquéllos días un negro no podía hacer política porque ni siquiera era considerado plenamente como un ciudadano ¿recuerdas los acontecimientos de Little Rock en 1957? Actualmente sería aberrante escuchar de una escuela que se niega a aceptar estudiantes negros o blancos o indígenas por el hecho de ser negros o blancos o indígenas, pero a finales de los cincuenta vaya que era una realidad, igual de obtusa, pero realidad al fin. Regresa a mí el recuerdo sonoro de nueve estudiantes negros que intentaban ingresar a la preparatoria de Little Rock, el gobernador del estado de Arkansas, Orval Faubus, giró instrucciones a la guardia nacional para que impidieran el paso de los muchachos. Recuerdo que lloré mientras escuchaba la narración por la radio ¡los muchachos querían entrar a la escuela y el ejército, las fuerzas armadas que debían proteger al pueblo, impedían su paso! Era como una metáfora del poder de la intolerancia y la oscuridad frenando el camino de personas que buscaban ilustrarse. Pero el gobernador no podía seguir parando la integración en las escuelas, las cortes federales giraron la orden y él debía acatarlas, así que el presidente Eisenhower dio contraordenes a la guardia nacional para que regresaran a sus cuarteles y despachó a la unidad 101 de la División Aerotransportada del Ejército para que protegieran a los nueve estudiantes y permitieran su acceso a la escuela. El día que se presentaron a clases muchos jóvenes blancos formaron vallas para escupirles y gritarles todo tipo de insultos, no lo entendía, negros o blancos o amarillos o rojos o del color del cobre ellos eran tan jóvenes como los nueve estudiantes ¿porqué rechazaban a muchachos como ellos? ¡Eran igual de niños! Es decir, eran niños con una capacidad ilimitada para odiar ¿porqué los odiaban? ¿Por su color o porque habían aprendido de sus familias y medio social que tenían que odiarlos? Me resisto a creer, aún hoy, aún con mis décadas de vida y de todas las muertes y sangre que he visto derramada por las causas más insulsas que los jóvenes son permeables al odio, los jóvenes no pueden permitirse odiar, no pueden permitir que sus corazones se contaminen del medio en el que les tocó vivir, ellos son los predilectos del Señor y por lo mismo sus corazones pueden luchar contra la suciedad del mundo. Algunos estudiantes blancos dejaron que su corazón hablara y los aceptaron a lo largo de los cursos, incluso se hicieron amigos de mis niños de color, pero otros se dejaron llevar por las ideas ¿eran ideas? No, se dejaron llevar por el impulso nefando que puede llevar a un hombre, a unos adolescentes, a detestar a otra persona sin siquiera conocerle e hicieron todo lo imaginable para acosarlos y hacer de su paso por la escuela una experiencia agria.

    En el aire flotaba el aroma de la violencia. En Arkansas, que se consideraba un estado sureño progresista, los ánimos se dividían entre favorecer la integración racial en todas las plataformas de la sociedad o entre seguir defendiendo una política segregacionista. Por las calles la gente de color era agredida y en las noches muchos de nosotros fuimos sacrificados a los dioses sedientos de tinturas rojas y todo a título de un color. El clima nos resultaba tan adverso que al siguiente año de los sucesos de Little Rock el gobernador Faubus fue reelecto, un racista, una persona que en todo momento estuvo a favor del apartheid ¡era el gobernador del estado! No sabía si llorar o rezar para que las cosas cambiaran de un modo más tranquilo, al final lloré y recé, No es justo, Señor no es justo que permitas que tus hijos se maten entre ellos solo porque no los hiciste iguales ¿es que no pueden ver al interior de sus ojos? ¿Es que no saben que a tus ojos no existe el color y de existir nada puede interesarte? Pero no debíamos ceder, soportaríamos lo humanamente imposible con tal de que se reconociera que todos éramos humanos ¿era tan difícil de entender? Sí, a muchos les parece un argumento de complejidad extraordinaria, tan solo en Arkansas se votó a Faubus tres veces más. El gobernador sempiterno y su bandera enarbolada en contra de los negros.

     ¿Qué era lo que buscábamos? Igualdad y trato digno, buscábamos leyes justas e igualmente aplicadas a todos sin importar el color de nuestra piel ¿Cómo lo obtendríamos? Aplicando la doctrina de la no violencia de un modo, no me dejarás mentir Johnnie, por lo demás bastante original.

    Mientras el doctor King buscaba acercamientos con el gobierno federal y organizaba boicots y manifestaciones pacíficas, en el sur la comunidad negra también se organizaba. Los estudiantes de Greensboro, Nashville, Atlanta y otras ciudades decidieron usar la paciencia y mucho, mucho cerebro. Más cerebro y menos músculo, era una de sus lemas de batalla. Los muchachos entraban a las tiendas y se paraban frente a los mostradores sin hacer absolutamente nada, su sola presencia ponía muy nerviosos a los dueños de los establecimientos ¿los recuerdas Johnnie? Era graciosísimo observar a un joven negro plantado frente al mostrador viendo la mercancía sin decir ni hacer nada, cuando los vendedores hablaban a la policía y el agente llegaba lo único que podía hacer era levantar los hombros porque ¿qué estaba haciendo como para encarcelarlo? No hacía nada, ese era el problema: no hacía nada y por lo tanto de nada se le podía acusar. También iban a los restaurantes y se sentaban en las barras, procuraban hacerlo de tal modo que quedaran asientos vacíos intercalados por si algún joven blanco quería solidarizarse con ellos, cosa que en efecto sucedió y mucho, en alguno de mis viajes por estas ciudades escuché a un mesero preguntarle a un universitario blanco si no le provocaba asco permitir que un negro se sentara a su lado, ¿Asco? ¿Por qué habría de darme asco? ¿No se lavo las manos o porqué?, yo estaba que me destornillaba de la risa, el joven estudiante no veía a su par negro con los ojos del mesero, solo veía a otro muchacho igual que él tomando el almuerzo. Fue una verdadera revolución silenciosa, era la virtud del silencio propagándose de oído en oído. El maestro King estaba muy orgulloso de los universitarios de color y de los jóvenes en general. Con el paso de las semanas no solo inundaron tiendas y restaurantes sino que las bibliotecas, parques, museos y todo sitio público imaginable rebozaba de negritud silenciosa. Claro que el enemigo también evolucionaba y empezó a encontrar motivos para encarcelarnos, entonces además de cerebro le inyectamos corazón al asunto: cada vez que uno de nosotros era arrestado para no agotar los magros recursos económicos del movimiento cumplíamos las condenas en la cárcel y así llegó un día ¡en que las cárceles no tuvieron más espacio! Era como ganarle al sistema siguiendo sus propias reglas, por supuesto que en las cárceles nos amontonaban en celdas pequeñas, nos obligaban a realizar trabajos forzados con temperaturas de casi cincuenta centígrados o, por mencionar solo el caso de la cárcel de Parchman, salaban intencionalmente nuestra comida pero eso era parte de la protesta y lo habríamos de soportar para que algún día no se tolerara más.             

     Las universidades son lugares extraños. En sus aulas nuevas ideas y discursos conviven a diario, se fomentan proyectos para mejorar ciudades y países enteros, se publica a intelectuales y artistas, se defiende el estudio del pasado y se vislumbra un futuro más humano y digno. Pero, quizá porque son sitios en donde confluyen todas las posturas la intolerancia y el miedo a lo diferente también encuentran resguardo en sus pasillos. En septiembre de 1962 el joven de color James Meredith logró que se aceptara su registro como estudiante de la universidad de Mississippi pero el gobernador del estado era un hombre de mente obnubilada que no consentía en la integración de las escuelas de lo que él creía su feudo personal, Ninguna escuela será integrada en Mississippi mientras yo sea gobernador. Es increíble cómo algunos hombres creen que por ocupar un cargo público están autorizados a hacer de sus limitaciones intelectuales un código de comportamiento para todos los ciudadanos ¿en qué piensa una persona como Meredith cuando le prohíbe a un niño pisar una escuela? ¿Piensa acaso o solo se deja llevar por los delirios de la rabia? Pero el presidente Kennedy no permitió que el señor feudal hiciera de las suyas. Envió a mariscales de los Estados Unidos para que protegieran a mi niño de color y pudiera, de ese modo, cursar sus estudios superiores; pero la rabia es contagiosa y como todos saben provoca mucha sed y en esta mutación la sed es de sangre. Estudiantes blancos o mejor dicho blancos que se hicieron pasar por estudiantes atacaron con piedras y con armas de fuego a los mariscales provocando un caos que solo despertó desesperanza y que se llevó a dos personas más. Fue un levantamiento segregacionista, exigían que los tiempos en los que el esclavismo en el sur era una institución regresaran, el presidente Kennedy ordenó que el ejército regular sofocara el levantamiento. Mi niño de color pudo reiniciar sus clases al siguiente día; hoy algunos se preguntan ¿porqué no abandonó la escuela? ¿Acaso no provocó muerte y terror por ser tan obstinado? ¿Es que acaso no podía estudiar en una escuela para muchachos negros? Pero no era Meredith, no se trataba solo de él (aunque sí que se trataba de él), sino que éramos todos los ciudadanos ¿porqué un gobernante electo por nosotros habría de decretar quién es suficiente persona y quién no para sentarse en un pupitre? ¿Qué alta potencia divina le confirió la facultad de discriminar sin equivocarse en el acto?

     Después de eso, Johnnie, tú y yo nos sentamos a compartir un poco de helado. Qué curioso era ver que dos mujeres se sentaran para organizar nuevas protestas en Birmingham, la ciudad más opulenta de Alabama, en especial porque teníamos que luchar contra un doble estigma: ser negras en el sur de los Estados Unidos y además ser mujeres en el mundo occidental. Pero si el planeta giraba ¿porqué no girarían las intensiones de dos morenas guapas e inteligentes?

     En Birmingham usamos métodos tradicionales de protesta. Ocupamos edificios públicos e iglesias ¿puedes creer que no se nos permitía la entrada a algunas iglesias? ¡Pues claro que lo crees, tú también estabas ahí! Pero es que es el colmo de la arbitrariedad ¡decidir quién puede orar, quién puede o no dirigirse al Señor! Era como para reírse de indignación, yo me reía mucho, era mejor que enojarse. También organizamos la marcha al edificio central del condado para fomentar el registro de votantes de color y esa fue la gota que derramó el vaso, las autoridades locales consiguieron una orden judicial que nos definía como insurrectos y en estricto sentido lo éramos por lo que no nos ofendimos mucho cuando el documento se hizo público. De lo que se trataba era de seguir luchando sin agredir a los que nos agredían pues de ahí en adelante todos seríamos encarcelados ante cualquier provocación por muy pacífica que fuera: tendríamos que poner a prueba el espíritu.

     El doctor King también fue encarcelado. Él mismo se ofreció a formar parte de la primera línea de manifestantes para ser detenido, de ese modo el mundo concentró los reflectores en las injusticias que se cometían en el sur de los Estados Unidos. Recuerdo que el maestro King nos platicó después de su liberación, que se logró en gran medida gracias a la intervención de John y Robert Kennedy, que lo más triste no fue estar prisionero cual delincuente común sino que él esperaba sinceramente que los ministros y cabezas de las diferentes congregaciones cristianas del país elevaran la voz desde los púlpitos para exigir que la segregación y las leyes racistas no tuvieran más espacio en la democracia de este país sin importar o no que ellos fueran afroamericanos porque al final eran sus colegas, eran ministros de Dios y debían estar con las causas justas. Pero eso no ocurrió, salvo por contadas y afortunadas excepciones como el sacerdote blanco Stallings que le dio la bienvenida a los negros durante la misa que ofreció en su parroquia o como la escuela católica Spring Hill College que había integrado en sus salones a estudiantes de diferentes razas desde años atrás. Yo tampoco entendía cómo una persona que consagra su vida al Señor y dice estar del lado de los que sufren en este mundo puede permitir que en la casa del Supremo no todas las personas sean bienvenidas, que por motivos de la pigmentación de la piel mundana se deniegue el derecho a elevar una plegaria al Padre. Sencillamente todavía no lo entiendo. Durante el encarcelamiento del doctor King ocho miembros del clero blanco de Alabama publicaron una declaración titulada “Un llamado por la unidad” en donde reprobaban la desobediencia a la ley que fomentaba el maestro King y sus métodos de acción directa, hacían hincapié en que la igualdad y las leyes justas llegarían a su debido tiempo y que los afroamericanos debían ser pacientes. Dado que el doctor King estaba encarcelado no se le permitía el acceso a un lujo intelectual, así le llamaban sus carceleros, como lo eran simples hojas de papel para defenderse y escribir sus ideas pero el maestro King no se caracterizaba por aceptar un no por respuesta así que tomó los bordes de los periódicos que le permitían ocasionalmente leer y escribió poco a poco una extensa carta que hoy es conocida como la “Carta desde la cárcel de Birmingham”. En ella le responde al clero blanco de Alabama y a todos los cristianos de todas las congregaciones del país que <<Una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada>>. Explica con inteligencia que los negros han padecido al igual que otras minorías y que <<Una ley injusta es una norma por la que un grupo numéricamente superior o más fuerte obliga a obedecer a una minoría pero sin que rija para él>>. Lo que más me conmovió de la carta, Johnnie, fue que le hace saber al mundo que no solo basta con estar de acuerdo en que todos los hombres nacen iguales sino que debe hacerse patente, debe demostrarse pues la democracia se basa en la garantía de que sin importar cuán diferentes somos defenderemos el derecho de todos a seguir siéndolo <<Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos>> ¿Cómo no habríamos de inyectarnos valor cuando un hombre con la sapiencia y la cultura de Martin Luther King estaba encarcelado solo porque exigía que a todos se nos tratara por igual? ¿Cómo habríamos de permitir que el odio se apoderara de un país cuando existía la posibilidad de defendernos con el corazón en la mano? La lucha pacífica continuó y creo que desafortunadamente continúa hasta nuestros días.

     Los ataques de nuestros enemigos se intensificaron. Fueron semanas en las que apenas si dormíamos ¿o me equivoco Johnnie? Recuerdo que todos los días me comentabas que mis ojeras se estaban comiendo mi hermoso rostro, nunca he sido una mujer particularmente vanidosa pero debo de admitir que me preocupaba mucho que mi salud se estuviera perdiendo por una causa que, aunque sabía desde siempre justa, me dolía al interior de las venas. Pero algo en mí me impulsaba a seguir, a recorrer las calles con los brazos enlazados con los de otros negros y soportar a los policías  que nos arrojaban chorros de agua; algo en nosotros nos decía: soporta la mordedura de los perros de ataque, que tu sangre se derrame para que los blancos vean que es tan roja como la de ellos; una vocecita en no sé cuál rincón de mi cabeza me decía que soportara ver a estudiantes amenazados de muerte en sus colegios, a señoras madres de familia con las piernas destrozadas por los golpes de los gendarmes, a niños llorando porque ven cómo sus padres son tratados peor que escoria sin haber hecho nada. La voz era muy tenue, hubo días en los que estaba tan cansada que a penas si podía escucharla, pero se mantuvo constante y no me dejo caer.

    Entonces uno de nuestros mayores detractores, el gobernador George Wallace de Alabama, cometió un error que devino en beneficio de la humanidad ¡vaya que la historia encierra volteretas! ¡Vaya que en ocasiones tus enemigos son tus principales aliados! Wallace en junio del 63 intentó oponerse a una orden de la Suprema Corte por la que se permitía la inscripción a dos estudiantes negros en la universidad de Alabama. El muy altanero del gobernador se paró en la entrada principal de la escuela y no permitió la entrada de los muchachos de color. Pero el presidente Kennedy despachó al ejército para garantizar que mis niños iniciaran sus clases. Las imágenes fueron televisadas, Wallace solo se observa cabizbajo con el rostro demudado de impotencia y rabia. Sin saberlo el gobernador segregacionista dio la entrada para que el presidente Kennedy ofreciera su famoso discurso por los derechos civiles esa misma tarde, era el 11 de Junio, a toda la nación en cadena televisiva y por la radio. <<Cuando los derechos de un solo hombre se ven disminuidos por ello mismo los derechos de todos los hombres han sido afectados>>. Una semana después, tal y como el presidente lo prometió envió al Congreso la iniciativa para la aprobación de la ley de los derechos civiles; sin embargo ésta no sería aprobada sino hasta un año después y ya durante el gobierno de Lyndon B. Johnson.           

     En ese momento ya teníamos los preparativos para la marcha a Washington muy avanzados.

     Era necesario llegar al epicentro político del país, pero no era cosa de juego, fue de verdad difícil, sudamos sangre para llevarla a buen fin, o, propiamente dicho, a mejor principio. Yo en lo personal sufrí mucho con los aspectos económicos ¿cómo transportar a tanta gente desde cada rincón del país? ¿De dónde sacaríamos el dinero? Es cierto que teníamos colaboradores financieros, sobre todo de los estados del norte, que hacían importantes donativos a favor de la causa pero nosotros esperábamos a cien mil manifestantes ¿cómo atender a las necesidades de ese mar de gente? Hicimos de todo: colectas, ventas de pasteles, liquidaciones de garage, eventos culturales para recaudar fondos y miles y miles de malabares para lograr lo que parecía un sueño: reunirnos todos bajo la estatua de uno de los padres del país, del presidente Lincoln para recordar sus palabras <<No podemos construir una gran nación cuando la mitad del país vive libre y la otra mitad esclavizada>>. La marcha buscaba que la propuesta de ley que envió John F. Kennedy al congreso fuera aprobada y se realizó el 28 de agosto. No llegaron las cien mil personas que esperábamos ¡llegaron doscientas mil almas! Yo estaba que se me salía el corazón de júbilo, y se me cerraban los párpados de cansancio, pero los discursos y las emociones de todos los asistentes me mantuvieron despierta hasta el borde del insomnio.

     Y llegó el momento del discurso de Martin Luther King. El silencio se hizo entre los miles de negros y, no hay que olvidarlo, también los miles de blancos que acudieron a solidarizarse al evento. El maestro King era nuestro pastor en un sentido religioso y laico, bajo su guía sabíamos que se lograría la aprobación de la ley, bajo su palabra encontramos los argumentos que muchas veces nuestro corazón no lograba externar <<Yo tengo un sueño, que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación en donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter>>. Le observábamos con gesto atento, concentrados en la sencillez de sus palabras, eran como latigazos de fuego atenuados por las caricias de su voz parsimoniosa. Cuando terminó la multitud le aclamó al unísono, éramos un solo equipo pidiendo una sola cosa: justicia para todos.    

     Sí, lo sé Johnnie, poco después vino un día terrible. Nuestro querido amigo John F. Kennedy sería asesinado. Todos los que vivimos ese nefando día, el 22 de noviembre del 63, recordamos en dónde estábamos y qué hacíamos. Yo estaba contigo, platicando como siempre lo hicimos sobre el movimiento, sobre nuestros parientes y sobre mil cosas más entonces la radio anunció la tragedia e inmediatamente corrí a prender la televisión. No podré olvidar cómo Jackie le demostró al mundo la madera de la que estaba hecha; todavía tengo nítido su recuerdo mientras colectaba los restos de su esposo con el auto en movimiento. Su fortaleza solo era equiparable con su belleza, no creo que a la fecha otra mujer con su talante haya pisado la Casa Blanca. Durante tres días la televisión suspendió toda programación para solo transmitir noticias ligadas al funeral del señor presidente. En las calles veías llorar a mujeres y hombres de todas las razas, era nuestro presidente, en verdad le queríamos y lo respetábamos. Me parecía sorprendente ver llorar incluso a personas que hablaron mal de él, era como si con su muerte se fueran también las esperanzas de contar con un país democrático y líder en la defensa de las libertades individuales. Pero aunque el señor presidente estaba muerto no nos amedrentaríamos. Él, al igual que muchos de nosotros, dio su vida por su país y su gente.

     El impacto de la muerte de nuestro principal aliado en el gobierno se dejó ver incluso en nuestro estado de ánimo. Muchos de mis amigos coordinadores del movimiento por los derechos civiles cayeron presa de una fuerte depresión. Me recuerdo triste, caminando por las calles de diferentes estados sureños, yendo de casa en casa de mis conocidos intentado llevar un poco de consuelo. Algunos estaban incluso tendidos en sus camas, viviendo un luto como solo la posterior muerte del reverendo King nos traería. Llorábamos la muerte del amigo pero también llorábamos por el odio que seguía respirándose en la nación, en todo el mundo. Yo solo era una costurera negra que un día tomó al toro por los cuernos y empezó a luchar hombro con hombro con sus hermanos de color por un mundo mejor para nuestros hijos, a la fecha no sé muy bien qué razones llevaron a asesinar al señor presidente, pero algo sí sé y es que cuando a uno de tus enemigos le parece que la mejor forma de acabar con tu espíritu es asesinándote lo único que provoca es que tu alma pierda su prisión material para alojarse en todos sus seguidores. El corazón me sangraba de la pena pero todavía no nos habían vencido, todavía quedaba mucho camino por recorrer. Se valía entristecernos un poco, finalmente somos hombres y mujeres que luchan por el derecho a ser reconocidos como tales ¿porqué no habríamos de llorar? Pero después del llanto fue necesario enderezarnos y seguir caminando.

     Lyndon B. Johnson supo capitalizar el recuerdo de nuestro amigo para que la ley de los derechos civiles fuera autorizada por el congreso. En el texto de la ley se prohibía cualquier clase de discriminación contra las personas de color y en general contra cualquier persona en establecimientos públicos y en oficinas gubernamentales.

     Al siguiente día de autorizada la ley me senté al borde de mi cama y volví a llorar.

     Lloré en silencio y sin exaltarme, las lágrimas solo corrían por mi rostro para después chocar contra el suelo. Para que el cuerpo de la dignidad alcanzara la categoría de ley tuvieron que derramarse torrentes de lágrimas, murieron incontables personas, fueron destrozados infinidad de sueños. Y yo me sentía muy mal porque siempre supe que el cambio no se lograría con la promulgación de un texto legal, faltaba lograrlo en el corazón de la gente ¿cuándo veríamos el verdadero cambio? Además faltaba una muerte en la lista de aquellos que nos odiaban.

     El reverendo Martin Luther King se preparaba para coordinar una manifestación el 4 de abril de 1968 en la ciudad de Memphis a favor del sindicato de trabajadores de limpieza negros. Salió a contemplar desde el balcón de su habitación en el hotel Lorraine la imagen de una urbe que se iba despertando. Por su mente pasaban las imágenes rápidas pero bien definidas de su familia y de Coretta, su esposa. Su rostro se pintaba tranquilo, sus ojos muy abiertos no vieron llegar la bala que cegó repentinamente la luz que su cuerpo irradiaba. Desplomado, con la señal de la cruz dibujada en su alma, abandonó el mundo que le amó y odio por igual.

     Con su muerte terminó la lucha por los derechos civiles al menos en su forma pública. No perdimos la fuerza ni el ánimo para continuar luchando pero decidimos no hacerlo. De ahí en adelante la pelea sería privada, en cada hogar de los Estados Unidos y del mundo la lucha debería de continuar, pero la batalla habría de librarse en las mentes de los individuos. El doctor King fue uno de los santos laicos de mi generación y como tal le lloré de un modo religioso.

     Johnnie: los listones ahora están en mis manos. Se conservan tan bellos como la primera vez que mi sobrina los usó. La pequeña, hoy toda una mujer, decidió regresármelos pues para ella son solo unos listones bonitos confeccionados por su tía pero para mí son el símbolo de la chispa que encendió nuestras almas.      

     Esta carta la escribo con tinta negra sobre un papel blanco, creo que ambos colores armonizan perfectamente ¿Qué opinas Johnnie?

 

Tu amiga que te quiere:

Rosita Parks.                                                                                              

 Ger JM

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