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Del Encanto De La Panza

El sábado anterior se me ocurrió aceptar la invitación de un amigo para acudir a una fiesta familiar. Hace un buen rato que no cometía una insensatez así que por puro amor al equilibrio decidí no poner muchos peros y sencillamente ir a comer gente un rato.

     Es increíble cómo todas las familias en México, sin importar nivel socioeconómico, costumbres, afinidades ideológicas o número de genes defectuosos compartidos, se parecen entre sí. Solo para buscar un ejemplo en todas las familias hay gordos, gordas, hombres flacos con vientre voluminoso, perros parados pues, y niños obesos. Es como un elogio gráfico a la obesidad o, expresándolo con mejor tino, una cancioncita visual consagrada a la panza.

     Estar panzón debe tener sus ventajas. La primera que se me ocurre es que quizá te cabe más comida, para los que nos gusta comer eso definitivamente es una oportunidad de ver en cada sentada a la mesa un motivo de realización personal; otra pude ser que cuando estás cruzado de brazos siempre tienes en dónde recargarlos para evitar el agotamiento, por otra parte nada significativo, de mantenerlos tensos contra el pecho; también debe servir a la hora de los golpes, la panza puede servir como un parapeto natural al más puro estilo de Homero Simpson: cada golpe solo hace que el puño del contrincante se quede atascado en las carnosidades fofas del panzón. Otra ventaja consiste en que cuando llega Navidad puedes disfrazarte de Santa sin necesidad de usar relleno, aunque esta última ventaja puede ser seriamente discutida pues alimentar una panza voluminosa tiene que ser más caro que comprar relleno sintético para el disfraz, olvidando, además, que el resto del año se carga con la panza mientras que el igual de incómodo relleno en cualquier momento puede ser desechado. Y ya que nos estamos poniendo críticos pasemos a analizar las desventajas. Primero, te vuelve asquerosamente repulsivo. Ni de chiste dan ganas de tocar a un obeso. Segundo, te vuelves predeciblemente jocoso, los gordos son graciosos por definición sensitiva, es decir, al ser grotescos causan como mínimo morbo y si se es cínico, como yo, causan gracia. Tercero, debe haber una proporcionalidad no enunciada (hasta este momento) entre el nivel de grasa corporal y los umbrales de neurosis de las que uno es capaz. Casi todos los gordos que conozco son bonachones, sí, pero también neuróticos, aunque, siendo justos, lo mismo puede decirse de la gente delgada… Creo que debo pensar mejor esto último, quizá no es la grasa lo que arruina el carácter sino estos tiempos truculentos que nos tocó vivir.

     También puede ser que el único neurótico antipático sea yo.

     No me extrañaría.

Ger JM.

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